Sobre la humildad
Señor:
Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la felicidad.
Si me das fuerza, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites las humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.
P. Alberto Hurtado sj.
La Paz, 29 de septiembre de 2001
Un maestro Zen le respondió a su discípulo: “Si ves a un joven subir al cielo por su propia voluntad, cógele por el pie y tira hacia el suelo, pues no es bueno para él.”
Cuantos de nosotros nos sentimos “en el cielo” si tenemos el coche último modelo, cuando estrenamos la ropa de moda, o cuando la suerte nos permitió encontrar “la pega”. En esos momentos subimos tanto que comenzamos a ver a los otros “desde arriba” y cambiamos nuestra forma de ser, de pensar, de actuar. Desde arriba sentimos que somos más, quizá porque tenemos más, pero “al subir tanto” dejamos al descubierto -vistas desde abajo- todas nuestras debilidades y defectos.
Al construir una casa, no comenzamos por el techo, comenzamos siempre por los cimientos y luego avanzamos hacia arriba; los cimientos de nuestra vida son todas las personas que nos rodean, nuestro prójimo al que debemos ganarnos con nuestras actitudes, con nuestras Buenas Nuevas, debemos construir nuestra casa-vida junto con ellos, no sobre ellos, por algo es el primero de los mandamientos y el resto dependen de éste.
Tenemos muchas virtudes en nuestro interior, pero ellas se desvanecerán, así como un tesoro expuesto, si no las mantenemos “en secreto”, así como una vela se derrite ante el fuego, nuestro espíritu se vacía por la alabanza, la ostentación y la soberbia.
Así como Ignacio se despojó secretamente de todos sus vestidos y se los entregó a un pobre, intentemos en lo más profundo de nuestro ser, despojarnos del orgullo ante el triunfo y de la soberbia ante el éxito, pidámosle al Señor que la bandera de nuestra dignidad esté grabada con el sello de la humildad traducida en saber escuchar, en aprender incluso aquello que “sabemos”, en comprender que el otro también tiene su verdad y que puede tener razón, pidámosle la capacidad de ser humildes delante del humilde y también frente al orgulloso. Que nos convirtamos siempre en servidores de los más débiles y que podamos redescubrir lo que significa el perdón en nuestra vida.






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