El Estado contraataca
Normalmente escribo artículos formales, pero esta vez el tema no da para ello, me parece gracioso, infantil y hasta carnavalesco lo que voy a mencionar, que a momentos algo les podrá parecer sarcástico o escrito en tono de sorna, pero es una curiosa realidad.
En la edición del 7 de febrero próximo pasado, Página Siete publica dos noticias respecto a un mismo tema: La conformación de una Comisión de diputados oficialistas que viajará al Chapare para dictar talleres de capacitación sobre Redes Sociales a grupos de campesinos que cultivan la hoja de coca para que puedan enfrentar de esa manera, como lo manifestó el Presidente del Estado, lo que ha denominado la “Guerra en la redes sociales” y para que “defiendan la revolución democrática y cultural del ataque de la oposición”, entendamos de cierta manera, del Imperio.
¡La madre de las batallas está por llegar…! es lo que podríamos deducir de estas declaraciones públicas y el cuartel donde se atrincherarán los soldados defensores de la democracia será precisamente el Chapare, lugar donde el primer mandatario es asimismo dirigente sindical.
Se ha creado en el aparato estatal una Dirección de redes sociales y por declaraciones de Leonardo Loza, Ejecutivo de la Federación de Chimoré Trópico, también piensan crear sedes regionales para ingresar en esa lucha. Lo que no entendemos los ciudadanos es que acá en Bolivia nadie está en pie de guerra, excepto el presidente y su entorno que no percibe el verdadero clamor popular y lo toman como un complot subversivo para derrocarlo.
El fenómeno de las redes sociales es algo que ese entorno debería analizar antes de que nuestro presidente declare públicamente esa guerra frontal, innecesaria y hasta absurda.
Vayamos por partes. Las redes sociales, más allá de lo tecnológico que involucran, se han convertido en un nuevo paradigma macrosociológico que logró interconectar a millones de personas que generan contenido, comentan, lo comparten y sobre todo que echaron por tierra ese principio social que plantea la necesidad de que siempre debe existir una autoridad que coordine para hacer las cosas de una manera tan sincrónica como organizada…
Vivimos la era de la Web 2.0 y las redes sociales son el factor clave para crear esa nueva comunidad virtual, que nos relaciona sin conocernos, nos permite interactuar de una manera dinámica, porque esa interacción no está basada precisamente en el medio tecnológico, sino en la libertad de acción del usuario, que no requiere jefes, gerentes o gurús que les digan qué pensar o qué decir en la red social, cada usuario se empodera de ese espacio, produciéndose la magia de publicar aquello que siente y piensa, sin necesidad de responder a ninguna autoridad en particular.
Por lo que aquello de capacitar a un grupo de personas en redes sociales cae por su propio peso, ¿capacitar en qué? me pregunto… Si no se entiende el principio fundamental de funcionamiento de las redes sociales, ¿cómo pretenden declarar una guerra en ellas?, si es el contexto que ese entorno ha creado el que provoca esa reacción natural de los usuarios y el crecimiento orgánico en las redes de esos grupos con ideologías concretas y disidentes (entiéndase orgánico como un compromiso desinteresado de las personas que les motiva a unirse a una causa común).
¿No sería mejor que el partido gobernante muestre una imagen más cercana a la gente común (clase media), una imagen menos agresiva, menos soberbia y más integradora, en la búsqueda de un efecto favorable, no solo en las redes sociales, sino en el pensamiento de cada ciudadano?
¿Crear el sentimiento de que todos estamos protegidos por nuestro gobierno, que la ley es igual para todos ya que todos somos iguales ante la ley?, ¿que podemos opinar sin temor a la censura y al castigo? Considero que de esa manera podríamos desvirtuar de nuestro diario vivir aquello que planteó el filósofo francés Michel Foucault en su obra Vigilar y Castigar como la “tecnología del castigo” en pleno siglo XXI y más bien se crearía en la sociedad un ambiente de respeto a las normas, a la vida, a la persona y a su libertad de pensamiento.






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