Hace algunas semanas quedamos prácticamente atónitos al conocer que un jesuita había escrito en un diario los abusos cometidos por él contra menores y jóvenes novicios cuál una antología del terror y con párrafos parecidos a aquel libro escrito por Edgar Allan Poe “El Cuervo” en el que relata como un cuervo se interna sigilosamente por la noche en un dormitorio, contestando a toda pregunta con una simple frase: “nunca más”, así, amparado en las sombras Pedrajas, con música de fondo cometía noche a noche sus abusos en los dormitorios del Juan XXIII.

Hace poco un párroco fue detenido en Tarija tras ser denunciado por violación a menores. Denuncias pesan contra sacerdotes de otras órdenes, no solo por abusos sexuales, sino también por explotación laboral contra mujeres.

La hipocresía en el actuar de miembros de distintas congregaciones religiosas es extrema y duele, porque hablan de coherencia y son los menos consecuentes con sus prédicas, hablan de pobreza y prácticamente la mayoría viven como ricos, hablan de perdón, pero encontramos que muchos actúan con resentimientos crónicos, predican la justicia, pero en sus obras los trabajadores son sometidos a una suerte de esclavitud laboral mal pagada.

Pero hagamos un alto con el clero, porque de seguir, llenaríamos todo el espacio destinado a esta nota sin opción de analizar otros temas que inquietan a nuestra sociedad. Los escándalos de corrupción pública, violencia, tráfico de drogas, coimas, especulación, agio, la degradación ecológica, la sobreexplotación de los recursos naturales y la crisis climática son temas que casi a diario copan las primeras planas de la prensa nacional, y también duelen.

Es como si la moral colectiva del país estuviera a punto de colapsar, como si se sumaran diversos factores, que combinados, contribuyeran a acelerar un síncope de valores. Si hablamos de ellos, nos damos cuenta con el transcurrir del tiempo, que los valores cambiaron, y no precisamente para mejorar. Los cambios de actitud frente al matrimonio, la sexualidad, la religión, la ética profesional y empresarial han afianzado una nueva escala de valores bastante opuesta a la de los valores tradicionales.

La crisis actual sumerge a la sociedad en una suerte de lotería de empleos, en la que solo algunos jóvenes con suerte logran obtener un premio consuelo al acceder a un trabajo con salarios miserables.   El aumento de la pobreza, la desconfianza sobre el actuar de la justicia, el pesimismo sobre el futuro de la economía, la falta de seguridad y la pérdida de confianza en las instituciones lleva a los ciudadanos a asumir comportamientos de supervivencia que los alejan de los principios básicos de la moral y ética, de la empatía y la solidaridad.

Nos volvimos individualistas extremos, buscamos metas personales sin importar los medios que se empleen para conseguirlas, éstas prevalecen frente al bien común que construye sociedad y permite crecer sin desigualdades ni marginación, situaciones que solo conducen a generar resentimiento, falta de confianza en el otro y tensión social entre los diversos grupos.

Ya nadie quiere ser líder, o quizá ya no hay lideres éticos. Muchos asumen roles de liderazgo político, cívico o institucional para alcanzar sus propias metas, es ahí donde la corrupción crece y también la desilusión moral de la sociedad, que siente de cerca la pobreza y la sufre cada día, mientras unos pocos se enriquecen gracias a privilegios que gozan inmerecidamente.

La pérdida de los valores éticos y de las normas de convivencia, que son las que sostienen una sociedad, conducen a la larga a grandes procesos de deterioro que ocasionan un colapso moral y las consecuencias de ello. Se debe tener en cuenta que son procesos graduales y complejos, los que, influenciados por algunos factores detonantes, el más importante la corrupción gubernamental, puede ocasionar lo que históricamente sucedió en el Imperio Romano, la Alemania nazi y la Unión Soviética.

No son tiempos para encarar esta durísima realidad con eufemismos y medias tintas, basta de ser autocomplacientes y poco críticos, estamos mal como sociedad y no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando con indiferencia lo que venga. No se vislumbra con claridad a líderes honestos y comprometidos que puedan encabezar una cruzada que proponga cambios estructurales, la educación en crisis tampoco es una alternativa, menos la iglesia, desprestigiada por el actuar de algunos de sus miembros.

Decir que no hay alternativas es bajar los brazos y esperar sentados el colapso, pensar que ya todo está perdido es señal de conformismo y debilidad. Quedamos nosotros, los que vemos un futuro mejor, los optimistas, los que amamos a nuestras familias y queremos lo mejor para nuestra patria. Si lo vemos así, seremos muchos, y si por todo lo mencionado no podemos cohesionar fuerzas y actuar en conjunto, tenemos la obligación de actuar primero sobre nosotros mismos, asumir compromisos personales y transmitir valores y principios de vida a nuestras familias.

Todo esto no pasa por solo decirlo, los padres somos modelos para los hijos y lo importante es ser ejemplo de aquello que deseamos inculcarles. Si queremos enseñar honestidad, respeto, empatía, disciplina y responsabilidad, pues debemos ser consecuentes y coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos y sobre todo pacientes y perseverantes, porque inculcar valores es un proceso que requiere tiempo.

Si en cada familia hacemos un pequeño esfuerzo, no solo lograremos cambiar nosotros y enseñar a nuestros hijos a ser mejores, podremos mejorar la sociedad y evitar aquello que tememos, el colapso moral que nos destruirá si no hacemos algo pronto, porque luego será tarde y no habrá vuelta atrás.

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Acerca de este Blog

AleRodríguez, educador y apasionado por la tecnología dedica desde hacen varios años parte de su tiempo a escribir artículos, habiendo publicado los mismos en periódicos locales, El Diario, La Prensa y Página 7 entre algunos.

Actualmente solo lo hace por medios digitales.