A veces nuestras herramientas hacen lo que les decimos,
otras, somos nosotros quienes nos adaptamos
a las necesidades de nuestros instrumentos.Nicholas Carr
“Superficiales”
NOTA: La imagen destacada fue creada por AI en función del contenido de este artículo
Desde el descubrimiento de las cuevas de Altamira en 1868 —y quizá remontándonos aún más atrás, a las tablillas de arcilla cuneiforme de la antigua Mesopotamia—, la humanidad ha utilizado la tecnología disponible para dejar testimonio de su existencia: registrar hechos históricos, llevar cuentas, comunicarse, transmitir conocimiento, leyes y tradiciones. Así se fue construyendo una memoria colectiva que trascendió la fragilidad de la memoria oral.
Quienes hoy superamos los sesenta años podemos considerarnos parte de una generación privilegiada. Hemos sido testigos de grandes eventos de la humanidad y protagonistas de una revolución tecnológica sin precedentes. Fuimos contemporáneos de aquellos radios y televisores de válvulas incandescentes, en los que era necesario esperar unos minutos para que «calentaran» antes de escuchar las noticias o disfrutar de series como Rosa de Lejos, San Martín de Porres o Thunderbirds, aquella fascinante serie de marionetas que nos mostraba visiones del futuro.
Hoy, vivimos tiempos muy distintos. La telefonía móvil nos ofrece un pequeño dispositivo, del tamaño de la palma de la mano, que nos conecta con el mundo entero: permite tomar fotografías, escribir, realizar transacciones financieras, escuchar música, leer noticias, y muchas otras funciones que, hace apenas una década, parecían impensables en un solo aparato.
Según varios psicólogos, el ser humano se adapta continuamente a la tecnología, modificando no solo sus procesos mentales, sino también sus hábitos procedimentales. A veces este cambio representa un avance; en otras ocasiones, lamentablemente, un retroceso. Cada vez son menos los que escriben a mano, y pocos mantienen el hábito constante de la lectura. En las escuelas, los maestros enfrentan serias dificultades para lograr que sus alumnos lean, escriban y, sobre todo, comprendan lo que leen o escriben.
La mensajería instantánea ha transformado radicalmente la forma de comunicarse, especialmente entre los jóvenes. La necesidad de escribir rápidamente mensajes cortos en pantallas táctiles ha originado un nuevo lenguaje, que yo llamo dedonario: una forma de escritura abreviada y encriptada que requiere casi un código especial para ser interpretada. Aquí algunos ejemplos:
- TQM = Te quiero mucho
- POV = Punto de vista (Point of View)
- ASAP = Lo antes posible (As Soon As Possible)
- IRL = En la vida real (In Real Life)
- LOL = Riendo a carcajadas (Laughing Out Loud)
- BB = Bebé
- XQ = ¿Por qué?
- NTP = No te preocupes
- XFA = Por favor
- HMT = Hablamos más tarde
- GTG = Tengo que irme
- TB = También
Un experimento realizado en España demostró que adultos mayores de 40 años tuvieron grandes dificultades para interpretar mensajes escritos en este nuevo lenguaje juvenil. Algo similar sucede hoy en día al leer comentarios en redes sociales: a menudo es necesario releerlos para entender lo que se quiso decir.
Sin embargo, la mayor transformación llegó con el auge de la inteligencia artificial (IA) en pleno siglo XXI. La IA ha revolucionado todos los ámbitos, irrumpiendo en la vida cotidiana con una fuerza arrolladora. Hoy, plataformas como OpenAI, DeepSeek, Google Cloud AI, Gemini o Microsoft Copilot permiten generar textos, imágenes, códigos y más, con solo dar una instrucción.
El problema, muchas veces invisible, radica en que pedimos a la inteligencia artificial que haga las cosas por nosotros, en lugar de pedirle que nos oriente o potencie nuestras capacidades. Esta dependencia tiene consecuencias profundas, especialmente en la educación.
Los maestros, que ya enfrentaban desafíos con estudiantes, padres de familia y autoridades, ahora deben lidiar con un nuevo obstáculo: detectar cuándo un trabajo, resumen o proyecto ha sido realizado por una IA. Y lo más preocupante es que muchos jóvenes aún no perciben el daño que se hacen al abdicar de su propio esfuerzo intelectual.
Hace algunos años, sitios como El Rincón del Vago facilitaban tareas y resúmenes a los estudiantes. Era una herramienta rudimentaria si la comparamos con la sofisticación actual de la inteligencia artificial, pero en su momento sorprendió a los docentes, quienes recién empezaban a familiarizarse con las tecnologías digitales.
La capacidad de adaptación del cerebro humano a los avances tecnológicos es, sin duda, asombrosa. No obstante, si no manejamos estas nuevas herramientas con sentido común y responsabilidad, corremos el riesgo de volvernos completamente dependientes de ellas. Aunque creemos estar aprovechando su potencial al máximo, en realidad podemos terminar siendo usuarios funcionales al servicio de intereses comerciales.
En el mundo del tecnomarketing existe un principio claro:
«Si un servicio es gratuito, el producto eres tú.»
Una frase que invita a reflexionar cada vez que utilizamos plataformas gratuitas, en las cuales —de manera ingenua— entregamos información personal, hábitos de consumo, pensamientos y, en muchos casos, parte de nuestra vida.
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