Si te ofrecen un asiento en un cohete no preguntes qué asiento. Solo súbete.
Sheryl Sandberg, exdirectora de operaciones de Facebook
En un viejo edificio, en la esquina de las calles Mercado y Socabaya, en la ciudad de La Paz, allá por el año 1982, me sumergí por primera vez en el mundo de la informática, las computadoras y los comandos de terminal. Descubrí lo que era un centro de cómputo y quedé deslumbrado al ver aquellos equipos, los NCR 8200 – 8250, —prácticamente de mi estatura y parecidos a enormes refrigeradores— que gestionaban las operaciones financieras de uno de los principales bancos del país.
Las tarjetas de memoria y procesamiento se disponían de forma vertical, una junto a otra, tenían una capacidad máxima de 128.000 bytes (128Kb – unas 64.000 palabras). Eran tan grandes que se alojaban en bandejas con rieles, similares a los gabinetes de los viejos libreros, para poder desplazarlas con facilidad.
Las terminales ocupaban prácticamente todo un escritorio. Eran enormes en relación con su pequeña pantalla —que no superaba las 11 pulgadas—, con caracteres verdes sobre fondo negro. Se conectaban al procesador mediante un sistema operativo que, en el caso de las NCR, era el IMOS III (Interactive Multiprogram Operating System). Su manejo requería introducir comandos básicos como: READ (Leer), MOVE (Mover), REM (Remover), MOUNT (Montar), DEL (Borrar), EDIT (Editar), entre otros. Estos comandos se digitaban en un teclado similar, en tamaño y características, al de una máquina de escribir: había que presionar cada tecla con fuerza, y el sonido de los clics resultaba fascinante.
Ver a los expertos mover sus dedos a velocidades impresionantes, escribiendo comandos o digitando códigos en COBOL (Common Business Oriented Language) —lenguaje que luego llegaría a dominar— me dejaba lleno de expectativas.
No existían ratones, pantallas táctiles ni procesos multitarea. Aunque más adelante descubrí que, con una combinación mágica de teclas, era posible dejar corriendo un proceso y abrir el prompt para iniciar otro en paralelo y en la misma pantalla. Para ver lo que se procesaba en segundo plano, había que desplazarse por la línea de comandos. Muchas veces uno se perdía en el camino y solo al final sabías si fue correcto o no. Un simple FILE NOT FOUND, ITEM NOT FOUND, SIZE ERROR o RECORD KEY INVALID podía significar volver a empezar desde cero.
Recuerdo con gratitud a Rolando Domínguez Soleto, entonces jefe del Centro de Cómputo, quien me dio la gran oportunidad que cualquier joven cajero habría soñado: ingresar al área de sistemas de un gran banco. Con escaso conocimiento, pero con habilidades para manejar equipos, resolver problemas y aplicar lógica a los procesos, me fue posible adquirir la experticia requerida en poco tiempo.
Fueron meses de aprendizaje junto a grandes amigos. Cómo no recordar a José Sapiencia, él, como un buen padre, me enseñó mis primeras teclas en ese fascinante mundo aún desconocido para mí. Serio, metódico y sistemático —como buen informático—, Pepe, como lo llamábamos, me guio paso a paso en el manejo de ese monstruo que al principio daba miedo. Un solo error, mover o borrar mal un archivo, podía causar estragos en los procesos online del banco.
Unos veinte cajeros operaban simultáneamente sus terminales financieras en la oficina central; otros tantos lo hacían en las distintas sucursales de la ciudad. Otras terminales consultaban saldos, abrían cuentas, generaban estados de cuenta o realizaban operaciones contables. Era un pequeño gran mundo que, al sentarte en la terminal principal del centro de cómputo, podías dominar con solo digitar unos cuantos comandos.
Ver los «foquitos» —luego supe que eran LED´s, prácticamente desconocidos en esos tiempos— encenderse y apagarse en las tarjetas concentradoras del equipo central cada vez que un cajero hacía una transacción, era como un juego de luces silencioso. Solo lo acompañaban el ensordecedor zumbido de los aires acondicionados y el rugido constante de los ventiladores de cada computadora.
Estar allí dentro era como trabajar en un frigorífico. “Es lo mejor, te conserva joven”, decían en broma los colegas. Pero pasar horas —especialmente en el turno nocturno— era todo un sacrificio. Usábamos parkas gruesas y a veces mitones, como los de Cecilia Hurtado, una compañera cruceña que los llevaba siempre puestos para soportar el frío paceño. Dormir en la sala durante la madrugada era casi imposible por el frío y el ruido.
El proceso de fin de día comenzaba cuando el cajero centralizador cuadraba todas las operaciones y daba el visto bueno. Primero, había que hacer una copia de respaldo de todos los archivos en discos removibles, marcados especialmente para ello. Aunque sencillo, el proceso era delicado y manual: MOVE A TO B. Si por error se hacía al revés, había que repetir todos los movimientos del día… y eso era un pecado mortal. ¿Pasó alguna vez? Sí, y fue terrible.
Uno de los procesos más tediosos era la actualización de cuentas corrientes y cajas de ahorro, el programa llamado ctacte020.exe —jamás olvidaré ese nombre— duraba unas cuatro horas, con la impresora golpeando sin descanso el papel continuo a razón de una línea por minuto, aproximadamente. Cuando parecía que no iba a terminar, el sonido cambiaba: la máquina comenzaba a totalizar, lanzando las hojas finales a una velocidad impresionante. Ese ritmo cadencioso marcaba el fin del trabajo del día.
Después, tras verificar que todo estuviera en orden, se hacían los backups de cierre, se reiniciaba el sistema y todo quedaba listo para que el banco abriera al día siguiente.
Las noches de trabajo se hicieron más entretenidas cuando llegó al centro de cómputo Javier Gutiérrez —gran y muy recordado amigo— para empezar su entrenamiento. Serio en apariencia, escondía en su media sonrisa un humor fino que invitaba a reír con cualquiera de sus ocurrencias. Aunque para el trabajo siempre mostró responsabilidad y compromiso.
Con el tiempo, todo se volvió más sencillo y rutinario. Pero nuestro banco, siempre pionero en tecnología, instaló el primer cajero automático (ATM) del país en su agencia de la Av. Camacho. Para los usuarios fue una maravilla; para nosotros, los operadores, un desafío técnico, físico y mental.
El sistema online que lo controlaba solo podía ser interrumpido por 15 minutos antes de la medianoche. En ese lapso debíamos hacer los respaldos… y correr hasta la agencia para reiniciar manualmente el ATM, ya que no se podía hacer de forma remota.
Trabajar en uno de los bancos pioneros en tecnología fue, para mí —recién casado y ya con dos hijos—, una aventura tan desafiante como maravillosa. La capacitación permanente y la experiencia adquirida por la práctica diaria me permitieron desarrollar destrezas y abrirme un camino hacia el conocimiento en informática que hasta hoy me ha permitido involucrarme en el mundo de la tecnología. Me siento cómodo inclusive con los procesos de automatización, IoT (Internet de las Cosas, por sus siglas en inglés), la inteligencia artificial y su aplicación en el campo de la educación, donde orienté todas mis capacidades, sobre todo para transmitir esa experiencia a mis colegas maestros sobre lo que significa incorporar tecnología en procesos educativos modernos.
A principios de los años 90, hablar de tecnología educativa era nadar contra la corriente. Nadie apostaba un centavo porque la educación pudiera ser absorbida por la tecnología. Hoy vemos cómo los maestros en las aulas desarrollan sus clases con un “aliado” binario que guarda millones de bits de datos en celdas de silicio, información que está disponible al alcance de los dedos en todo momento y lugar, rompiendo las barreras de espacio y tiempo. Un mundo al que ya entramos y del que no podremos salir: o nos subimos a él, o quedamos en la prehistoria, porque hoy todos somos parte de un universo digital en el que ya estamos inmersos.
Hoy todo eso es historia, esos dinosaurios tecnológicos se han reducido a unas tabletas, unos teléfonos móviles o un ordenador que sin superar los 800 gr. de peso son miles de veces más potentes que esos viejos equipos y no solo son procesadores de información, son verdaderas centrales de datos conectadas a la red más grande del mundo. La red internet, algo que en pleno s.XXI nos tiene atrapados y de lo que la humanidad entera depende hasta extremos de no poder prescindir de ella.

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