Anticiparse es el poder más importante.
Los perdedores reaccionan,
los líderes se anticipanTony Robins
¿Artificial?
Si buscamos en el diccionario de la RAE la palabra “artificial”, encontraremos numerosos sinónimos y definiciones. Me quedaré con algunas: adjetivo que denota algo no natural; ficticio, espurio, engañoso, ilusorio, fáctico. También se define como algo hecho con intención y propósito, con la capacidad de modificar su entorno.
Hoy hablamos mucho de la moderna inteligencia artificial. Aunque en artículos anteriores mencioné que ya existían avances desde 1918, mediante dispositivos electromecánicos, y luego en 1965 con códigos computacionales, nada se compara con lo que ahora tenemos a disposición.
Si aparece una fotografía, hay que dudar: podría haber sido creada con IA. Si un profesor revisa el trabajo de un estudiante, siempre queda la sospecha de que fue hecho con ayuda de alguna aplicación de IA. Todo parece dudoso, ilusorio.
El Estado Plurinacional de Bolivia —una nueva concepción de país surgida de una Asamblea Constituyente que transformó radicalmente las bases de lo que conocíamos como la República de Bolivia— fue presentado como el fruto de la liberación, la descolonización y el reconocimiento de varias nacionalidades. Se prometió respeto por la Madre Tierra y se proclamaron otros ideales grandilocuentes.
¿No les resulta familiar esa definición que cité al principio? Artificial: algo hecho con intención y propósito, con la capacidad de modificar su entorno.
Con el paso del tiempo, hemos visto que la descolonización, el respeto a la Madre Tierra y la revalorización de las naciones indígenas fueron meras ilusiones. Solo cambiamos de colonizadores. Hoy dañamos más que nunca nuestro entorno, aprobando decretos que permiten quemas en extensas áreas de bosque. Las naciones indígenas, lejos de ser protagonistas, han sido relegadas nuevamente, esta vez por nuevos caudillos que las oprimen aún más que los temidos k’aras que los dominaron por más de quinientos años.
Más artificial aún fue el eslogan del “vivir bien”. Tan fáctico como un billete de tres pesos. Basta con observar nuestra realidad: veinticinco años después de la creación de este nuevo Estado, no tenemos combustibles para mover el país, ni dinero para comprar productos básicos. Quienes tienen la oportunidad de viajar ni siquiera pueden hacer una compra simple con tarjeta de débito o crédito. Las transacciones son rechazadas vergozosamente una tras otra, incluso para pagar servicios básicos como el internet o el streaming.
Hoy, vivir en nuestro país no es normal. No es normal perder ocho o más horas en una fila para conseguir combustible. No es normal hacer fila en un supermercado para comprar una simple botella de aceite y que no te permitan llevar más de una. No es normal esperar veinte minutos en la puerta de un mercado de barrio para poder comprar apenas cinco marraquetas. (Eso me ocurrió a mí hace un par de semanas).
Tampoco es normal que nos sigan engañando con cuentos de «mareas altas» para disfrazar la falta de divisas para importar los combustibles que sostienen nuestra ya deteriorada economía. Una economía que solo se mantiene en pie gracias a la valentía y el coraje de los bolivianos.
No merecemos esto. No merecemos una avalancha de candidatos que, como buitres hambrientos, se disputan un hueso seco a punta de promesas igualmente artificiales. La crisis en la que estamos sumergidos no se resolverá ni con gritos y “carajos”, ni con campañas de imagen para hacer «sexy» el trabajar para el Estado, mucho menos con promesas de llenar el país de dólares y gasolina inmediatamente luego de la posesión.
Nuestro país atraviesa una etapa profundamente crítica, marcada por la alarmante escasez de divisas y carburantes, una inflación acumulada que golpea a diario los bolsillos de la población —aunque el gobierno insista en que apenas llega al 3%, la realidad que vivimos es muy distinta—, una deuda pública en niveles récord y reservas internacionales prácticamente inexistentes en el Banco Central de Bolivia, lo que aleja cualquier posibilidad de mejora a corto plazo.
Salir de compras se ha convertido en una experiencia angustiante. El papel higiénico de la industria nacional, que antes costaba Bs.42, ahora se vende a Bs.70. Un helado que antes valía Bs.13, hoy cuesta Bs.22. La leche natural subió de Bs.6 a Bs.7,50, y el kilo de carne, que antes rondaba los Bs.42, ahora supera los Bs.80. Y la lista sigue: una sucesión de aumentos que sería demasiado extensa para detallar aquí, pero que evidencian una inflación feroz y sostenida.
Esta crisis que vivimos está devorando la esperanza. Está desintegrando cualquier intento de planificación económica familiar. Cada día que pasa, vivir en Bolivia se vuelve más caro, más incierto, más doloroso, nuestra Bolivia Artificial, carente de inteligencia de sus políticos para sacarla adelante, clama más que nunca por sobrevivir.

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