Una tragicomedia boliviana en varios actos (y sin final feliz a la vista)

Por Marcelo Urjel

Dicen que las elecciones son la fiesta de la democracia… salvo cuando la orquesta lleva veinte años tocando la misma cumbia populista, los meseros (léase, burócratas) se multiplican sin mejorar el servicio, y los invitados viven felices del buffet “gratis”. Durante dos décadas, Bolivia ha bailado con un modelo que infló el gasto público y sumó empleados estatales sin razón productiva. Eficiencia y resultados, bien gracias. Pero lealtades compradas y pan para hoy sobran, mientras la cuenta (bien salada) la pagaremos todos, y muy pronto.

Porque claro, ¿quién va a dejar que algo tan trivial como la Constitución le impida volver al poder? Una vez probado el néctar del trono, soltar la piñata estatal no es opción. Y lo tragicómico no es el dirigente reincidente, sino la orquesta de fieles que lo aplaude aunque el país se hunda. Aquí, romper la ley ya no es delito: es señal de viveza criolla. La corrupción se aplaude, las instituciones dobladas se celebran, y el poder se idolatra como el último dogma nacional.

Y si aparece un obstáculo, un dato, la prensa, la bancarrota, no hay problema: el boliviano promedio activa su superpoder favorito: hacerse al cojudo. “Ni idea, no me acuerdo, ¿yo?” es nuestra versión autóctona del contrato social. Pensar críticamente se volvió estorbo. Mejor reenviar el último chisme de WhatsApp que leer una propuesta de gobierno. Así, la desinformación reina y cualquier promesa disparatada encuentra creyentes listos para compartirla con entusiasmo. En Bolivia, la posverdad llegó mucho antes que el internet de fibra óptica.

Dicen que esta vez la gente está “reflexionando su voto” porque “estamos jodidos”. ¿Será? Lo cierto es que la mayoría vota con el oído, el estómago o el resentimiento. ¿Planes de gobierno? ¿Ideologías? Nada pesa más en la papeleta que un “me cae bien este” o “con este estábamos mejor”. Y luego nos preguntamos: “¿Cómo llegamos aquí?” Fácil: porque así lo hemos querido… o permitido.

Entramos al 2025 con encuestas dispares, candidatos raquíticos en apoyo y una polarización que roza lo insalvable. ¿Habrá elecciones? Tal vez. ¿Habrá segunda vuelta? Probablemente. ¿Habrá gasolina en agosto? No sabemos. Porque entre bloqueos, amenazas y gritos de “sin Evo no hay elecciones”, el proceso democrático pende de un hilo. Bolivia vive en sobresalto permanente: si no es el dólar paralelo, es el juez amigo, o la escasez de diésel. El único plan de contingencia parece ser aguantar y mirar al cielo.

Y al que le toque ganar, que Dios lo agarre confesado. Bailará con la más fea, heredará una economía rota, instituciones cansadas, una Asamblea fragmentada y una ciudadanía con paciencia cero. Tendrá que aplicar ajustes dolorosos sin red de apoyo, mientras esquiva piedras, literales y figuradas, desde el primer día. Gobernar será un acto de equilibrio sobre alambre… con el público esperando que caiga.

Afuera, la región también se sacude. En Argentina, Milei llegó con motosierra en mano y gritó “¡Viva la libertad, carajo!” mientras cerraba ministerios y dinamitaba el statu quo. En Chile, Boric ya es visto como el “experimento fallido” y se avecina un giro. Incluso Colombia y Brasil muestran señales de cansancio con sus propios populismos. ¿Y Bolivia? ¿Dará el salto o seguirá patinando en el mismo lodazal con los mismos de siempre?

¿Y la oposición? Sacamos a escena a nuestros veteranos de siempre: Tuto, Samuel, Manfred…los Avengers criollos, cada uno por su lado, claro. Todos prometen cambios estructurales, inversión, transparencia, crecimiento. Bla bla bla. Ya escuchamos esa canción. ¿Tendrán poder real? ¿Tendrán permiso social? ¿O serán los próximos en la lista de derrocados cuando los ajustes duelan más que las promesas?

Porque estabilizar Bolivia va a doler. Y mucho. ¿Está el pueblo listo para apretarse el cinturón? La historia dice que no. Aquí el cambio se exige… pero que no me quite nada, por favor. Y si hay que protestar, hay petardos para todos. Ya lo hicimos antes, y si el nuevo no gusta, lo volveremos a hacer. ¿Por qué esta vez sería diferente?

¿Nos salvarán el FMI o el Banco Mundial? Puede ser. Pero prepárense para la receta amarga: recortes, privatizaciones, ajustes. Ya vimos el 21060. Frenó la hiperinflación, sí, pero dejó cicatrices profundas. ¿Queremos repetir el menú? Pocos están dispuestos. Porque vivir en el caos tiene su encanto: nadie rinde cuentas, todos se quejan y el culpable siempre es el otro.

Entonces, no nos engañemos…

Esto sí trata sobre Bolivia. Sobre sus delirios, sus caudillos eternos, su memoria selectiva y su democracia en piloto automático. Trata sobre nosotros, los que aprendimos a normalizar el desorden mientras buscamos a quién culpar. Porque cuando aceptamos que la democracia sea una farándula de favores, que el “me hago al cojudo” sea nuestra regla de oro, y que los valores se doblen según el algoritmo del día… no estamos resistiendo, estamos rindiéndonos.

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Acerca de este Blog

AleRodríguez, educador y apasionado por la tecnología dedica desde hacen varios años parte de su tiempo a escribir artículos, habiendo publicado los mismos en periódicos locales, El Diario, La Prensa y Página 7 entre algunos.

Actualmente solo lo hace por medios digitales.