«Deja de lamentarte por el pasado
y deja de temer lo que pueda pasar en el futuro.
Todo lo que tienes es el día de hoy
y a quienes te rodean.»
Francesc Miralles
Paseaba por la feria del libro con mi hija, comentábamos algunos títulos que llamaban nuestra atención entre la infinidad de ejemplares expuestos. Nos detuvimos en un stand en que habían unos libros sobre el Ikigai, intenté explicarle su significado. Sin embargo, me di cuenta luego que lo estaba confundido con el del kintsugi, el arte japonés de reparar piezas de cerámica rota con polvo de oro, transformándolas en objetos únicos.
Al llegar a casa, salí de dudas y descubrí con sorpresa cual el verdadero significado del Ikigai en la cultura japonesa, la cual admiro profundamente desde que inicié mi práctica en el arte marcial oriental del Karate Do.
¿Y qué es el Ikigai? Es un término japonés que resulta de combinar dos palabras: «iki», que significa “vivir”, y «gai», que significa “razón”, que se traduce como “una razón para vivir”. Es un concepto japonés que se refiere a la razón del ser o la razón de vivir, es aquello que nos motiva a levantarnos cada mañana. Es la intersección de cuatro conceptos fundamentales de nuestras vidas: la pasión, la vocación, la misión y la profesión. Una combinación de lo que amamos, lo que nos apasiona, lo que el mundo necesita y aquello por lo que nos pueden pagar. Es el arte de encontrar el propósito de vivir a partir de la confluencia de esos cuatro elementos. En ese punto de encuentro es donde confluyen pasiones, habilidades y contribuciones a los demás, es allí donde aparece nuestro Ikigai, nuestra razón de ser, el motivo que nos impulsa a ver el nuevo día con esperanza a pesar de las circunstancias.
Cuando nos sentamos a pensar en estas cosas recién empezamos a evaluar si nuestra vida valió la pena, si logramos hallar el equilibrio entre lo que nos hace felices, la misión que nos fue encomendada para mejorar el mundo, y la vocación que guio nuestra profesión. En resumen, ese punto medio es la respuesta a una pregunta fundamental: ¿valió la pena vivir?
Y así, entre meditaciones, respuestas, desolación y consuelo llegué al punto en que vi necesario hacer una pausa, respirar, y así, como enseña San Ignacio de Loyola, siguiendo ciertos pasos: ponernos en presencia de Dios, recordar lo vivido, agradecerle, pedirle perdón y comprometernos a seguir adelante, busqué ese instante de reflexión, y surgió la pregunta clave: Si tu vida fuera evaluada, ¿recibirías una calificación de excelencia, un apenas aprobado… o apenas pasarías raspando?
Decidí pues detenerme, buscar mi Ikigai, revisar mi historia personal y responder como si fuera un examen imaginario de vida.
Eh aquí mi evaluación:
1. Responde con sinceridad estas preguntas: ¿Fuiste feliz? ¿Tuviste la oportunidad de amar y de ser amado por quienes te rodearon —familia, amigos, compañeros de trabajo, estudiantes—?
R. La preguntá debió ser de opción múltiple, pero aquí voy: Fui muy feliz, soy feliz y espero serlo hasta el último de mis días. Dios me dio a los mejores hijos, a la esposa perfecta, amigos sinceros y a estudiantes que siempre me mostraron respeto, aprecio y reconocimiento.
Amé a mis hijos con todas mis fuerzas. A mi esposa —compañera desde la juventud y madre de mis cuatro hijos— le entregué mi amor y recibí de ella comprensión, apoyo y complicidad, fue siempre mi amiga, amante y cómplice.
Mis hijos, cada uno a su manera y desde su personalidad, me enseñaron a crecer como padre, como ser humano, como profesional y como amigo.
En el camino encontré a los mejores amigos; algunos partieron pronto, otros siguen presentes, cercanos incluso a la distancia. Siempre dije que Dios no me dio hermanos de sangre, pero sí “amighermanos” que nunca me fallaron, y a los que espero no haberles fallado.
2. ¿Cuál consideras que fue tu misión en esta vida?
R. Sin ser maestro de profesión, abracé la docencia por pura vocación. Durante más de treinta años enseñé, desde artes marciales hasta nuevas tecnologías. Creo que mi misión fue acompañar, guiar y transmitir valores más que conocimientos, convencido de que el verdadero maestro enseña con el ejemplo.
Siento que la siembra fue buena: cada palabra, cada abrazo y cada muestra de afecto de tantas generaciones de jóvenes es para mí una cosecha diaria de amor y vitalidad. Mis hijos bromean diciendo: “¿Influencer? El influencer es mi papá, que se encuentra con quince personas al día”. Y es verdad: son tantas generaciones, tantos padres y madres que uno conoce que, aunque a veces no recuerde sus nombres, jamás olvido los rostros, las anécdotas ni sus travesuras.
3. ¿Cuál consideras que es el punto de convergencia de todo lo anterior?
R. Creo que es el hecho de sentir que mi vida si ha tenido sentido, y mucho. Amo la vida y cada mañana agradezco a Dios por un nuevo día, lo vivo como si fuera el último, pero planeo mi vida como si fuera a durar una eternidad.
Hacer una pausa, respirar y mirar atrás para evaluar si lo que hicimos estuvo bien, es un ejercicio valioso. Este examen de vida, aunque imaginario, para mí fue muy real. Y sé que no seré yo quien lo califique: serán mi familia, mis amigos y todas las personas que he conocido en estos 67 años, 8 meses y algunos días, quienes, con su recuerdo, me dirán si realmente encontré mi Ikigai y si ese Ikigai fue la razòn por la que Dios me puso en este mundo, y todas esas personas dirán también, en silencio, si logré trascender y dejar algún legado.






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