Por: Chelo Urjel

Cada mañana preparo mi café. Ese primer sorbo, caliente, amargo (del bueno) y perfecto, desata mil sentimientos. Pero no es solo el café: es salir a caminar temprano a dejar a los chicos al colegio y saludar a los amigos; es escuchar a tu madre repetir por vigésima vez un consejo que hoy sí parece tener sentido; es sentarte con tus hijos a charlar de su día, aunque la agenda te diga que no tienes tiempo. Es ir a ese almuerzo familiar donde siempre alguien se enoja, pero todos terminan riéndose igual. Es también apoyar a un amigo que se animó a emprender, comprándole un café o lo que sea que vende. No porque necesites exactamente ese café, sino porque sabes el esfuerzo que hay detrás: las horas que no dormía, las veces que dudó si valía la pena. Ese gesto, tan pequeño, genera una satisfacción que no cabe en balances ni en discursos. Porque apoyar a alguien que se arriesga por sus sueños es también recordarte que tú puedes hacer lo mismo. Son estas las cosas que llenan: escuchar al amigo que confía en ti sus problemas más íntimos; organizar con los socios una kermesse; acompañar a alguien al hospital, aunque no sea tu obligación; charlar con el entrenador de su vida personal, compartir un libro o un playlist, un recuerdo o una carcajada sin mirar el reloj. Ahí, en lo más pequeño, se encuentra lo más grande. Y sin embargo, nos olvidamos. Nos desviamos hacia conversaciones vacías: si habrá segunda vuelta o no, si el árbitro fue comprado, si fulano robó más que mengano, si tu hijo subió un puesto en el ranking, si las redes aplaudieron o crucificaron el último posteo. Discusiones que inflan el ego cinco minutos, pero que se diluyen en la nada. Porque, seamos honestos, el 90% de lo que decimos nunca lo hacemos. Mientras tanto, el sistema en el que vivimos insiste en imponernos lo contrario: aparentar, figurar, coleccionar likes como si fueran logros, vivir con el miedo de no estar “al día” en la conversación de moda. Todos atrapados en la bolsa de las apariencias, olvidando que lo urgente casi nunca es lo importante. La pregunta incómoda es: ¿cuándo fue la última vez que llamaste a ese amigo solo para tomar unas cervezas y reírte de huevadas? ¿Cuándo hablaste con tu primo de aquellas aventuras que marcaron tu infancia? ¿Cuándo saliste a buscar, de verdad, el mejor café o la mejor cerveza de tu ciudad? O peor: ¿cuándo fue la última vez que apoyaste a alguien que estaba construyendo algo con sus manos, en vez de ponerle un “like” perezoso en Instagram? Al final, todo lo demás es ruido. Los políticos seguirán prometiendo “refundaciones” mientras cuentan votos que nadie puede comprobar, nos dirán que “ahora sí” cambiarán las reglas del juego, aunque ya no quede ni cancha ni árbitro. Y nosotros, ingenuos, corremos detrás del espectáculo, indignados en redes y mudos en la vida real. Tal vez por eso el sorbo de café, la risa con amigos, la charla del día con tu pareja o la conversación con tus viejos pesan más que todas las noticias nacionales: porque son lo único que no depende de que un iluminado decida si hoy seguimos siendo república, reino o circo.

Podcast also available on PocketCasts, SoundCloud, Spotify, Google Podcasts, Apple Podcasts, and RSS.

Deja un comentario

Acerca de este Blog

AleRodríguez, educador y apasionado por la tecnología dedica desde hacen varios años parte de su tiempo a escribir artículos, habiendo publicado los mismos en periódicos locales, El Diario, La Prensa y Página 7 entre algunos.

Actualmente solo lo hace por medios digitales.