El buen médico trata la enfermedad;
el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad.
(William Osler)

Nadie se atrevería a poner en duda que la tecnología del siglo XXI ha transformado profundamente nuestra forma de vivir. En todo el mundo, los avances en campos tan cruciales como la medicina, la imagenología y la investigación farmacológica han permitido que enfermedades que antes eran sinónimo de muerte hoy puedan tratarse con resultados sorprendentes.

Mientras médicos y científicos en diversos países dedican incontables horas a la investigación, las grandes compañías farmacéuticas invierten sumas millonarias en el desarrollo de fármacos cada vez más eficaces y con menos efectos secundarios. Paralelamente, la industria de la electromedicina diseña equipos de imagenología de alta precisión y desarrolla tecnología de radioterapia con una exactitud antes impensable. Hoy, mencionar al sistema Da Vinci es hablar de un robot quirúrgico de última generación capaz de realizar procedimientos con una precisión milimétrica bajo la supervisión de un cirujano. Alguien comentó alguna vez que con ese equipo sería posible pelar una uva sin dañar su pulpa.

La humanidad podría sentirse segura y optimista: la medicina parece encaminada a curar casi todos los males con una eficiencia impensable hace pocos años atràs. Los boletines médicos —la mayoría publicados en inglés— muestran estadísticas prometedoras y resultados clínicos alentadores.

Sin embargo, todo ese panorama cambia cuando el diagnóstico ya no es ajeno, cuando no se trata de una noticia lejana sino de un cáncer propio, una cirugía ocular necesaria o el implante de una prótesis de cadera. Ahí, la modernidad y los avances dejan de ser una maravilla abstracta para convertirse en un reto personal. Los médicos más actualizados ofrecen alternativas de tratamiento, técnicas quirúrgicas innovadoras y medicamentos con altísimas tasas de éxito. Pero hay una verdad irrefutable: en medicina no existe nada completamente seguro ni absoluto.

Y es entonces cuando aparece la parte menos magnífica del sistema: el costo. Te explican que, lamentablemente, en tu país no existe la tecnología adecuada o que no hay la suficiente experiencia para realizar el procedimiento. O peor aún, que sí es posible… pero habría que “vender un riñón” para pagar la prótesis. Es decir, podrías operarte, bailar pero después tendrías que cuidarte de no tomar ni una simple infusión de cebada para no comprometer el único riñón que te queda, a menos que tengas una cuenta en dólares en el extranjero, una tarjeta de crédito con alto límite o seas propietario de una empresa capaz de financiar tu supervivencia.

La salud, en prácticamente todo el mundo, se está volviendo inaccesible incluso para quienes tienen ingresos medios; imaginar la situación de los más pobres es aùn más alarmante. Los seguros privados de salud, lejos de brindar tranquilidad, imponen cada vez más restricciones para garantizar que el negocio siempre se incline a su favor y sean los únicos que ganen. Exigen años de aportes antes de otorgar un beneficio, lo que obliga al asegurado a pagar de su bolsillo cualquier eventualidad mientras mantiene al día su póliza para estar “cubierto”. ¿Cubierto de qué, si en realidad no cubren nada hasta cumplir con la famosa “carencia”?

Por su parte, los seguros de corto plazo —a los que se accede por trabajo o jubilación— se vuelven menos eficientes cada año. Sus protocolos están diseñados para gastar lo mínimo, incorporar más asegurados y ofrecer servicios cada vez más deficientes. La tan promocionada medicina preventiva parece más un eslogan que una realidad: prefieren intervenir cuando el paciente ya ha tomado placebos durante años y su enfermedad ha avanzado lo suficiente como para justificar una cirugía… que evite que muera demasiado pronto, pero no lo suficiente como para garantizarle calidad de vida. Es más económico darle pastillas baratas que hacerle una cirugía o emplear un tratamiento adecuado oportunamente.

Ni el socialismo, ni el capitalismo, ni el primer mundo, ni los países mal llamados “emergentes” piensan en la salud de su gente de una manera empática, porque al final parece ser que las series y películas en la que nos muestran hermosos hospitales y médicos que usan todos los recursos disponibles, se olvidan de mostrar la parte en la que ese paciente tiene que vender su alma al diablo para poder pagar las cuentas.

No podemos seguir dependiendo de una kermesse o una rifa para salvar una vida, no podemos seguir pensando que la única manera de sobrevivir o de “desmorir” sea vendiendo tus bienes o endeudándote por varias generaciones.  

El verdadero desafío del siglo XXI no será solo desarrollar tecnología capaz de curar, sino construir sistemas de salud que permitan acceder a esa tecnología sin convertir la vida humana y la salud en un lujo. 

De nada sirve un robot capaz de pelar una uva con precisión quirúrgica si la mayoría de las personas apenas puede pagar una consulta general. La medicina del futuro no debería medirse únicamente por sus avances científicos, sino por su capacidad de alcanzar al ser humano común, ese que no figura en las estadísticas, que no aparece en los congresos internacionales, pero que también enferma, sufre y espera —con la misma dignidad— la oportunidad de ser atendido. Porque una sociedad que convierte la salud en un privilegio no está avanzando: simplemente está refinando la forma en que excluye a los menos favorecidos.

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Acerca de este Blog

AleRodríguez, educador y apasionado por la tecnología dedica desde hacen varios años parte de su tiempo a escribir artículos, habiendo publicado los mismos en periódicos locales, El Diario, La Prensa y Página 7 entre algunos.

Actualmente solo lo hace por medios digitales.