Carta a mi esposa ausente…
Monterrey, Nuevo Leòn, octubre 27 de 2025
Cachita:
Siempre te dije que disfruto de la soledad. De hecho, me considero un “solitario social”, un concepto que se me vino a la mente mientras comenzaba a escribir estas líneas. Me siento bien estando solo, no por sentirme rechazado, sino por una elección consciente, una preferencia personal. Comparto momentos con amigos, con grupos, con personas queridas, pero no dependo de ellos para sentirme completo. Disfruto plenamente de mi mundo interior. Valoro la compañía de los demás, siempre, pero no me disuelvo en el grupo. Mi soledad no es aislamiento, sino autonomía interior.
Todo cambia cuando estoy con mi familia, contigo, con nuestros hijos o con esos amigos y amigas más cercanos. Entonces, es como si, de manera automática, bajara algunos filtros emocionales y, sin pensarlo, permitiera que ingresen en mi espacio interior. Más aún, lo comparto con ellos de forma cálida y espontánea. En esos momentos, somos uno.
Pasó septiembre, pasó octubre… y quizá tenga que sumar algunos meses más sin ti. Con el tiempo, me cuesta asimilarlo. La tecnología nos mantiene comunicados, sí, pero no logra acercarnos realmente. Extraño preparar juntos el café, tomarnos una copa de vino cuando menos lo esperábamos, cocinar esa comida que tanto nos gusta, trabajar en equipo en las tareas de casa —combinando tu detalle con mi fuerza—, reír, despertar contigo y escuchar ese tu “buen día, Ale…” que lo llenaba todo.
Son muchos años compartidos, exactamente 48 años, 5 meses y 7 días —toda una vida— en los que forjamos un amor que, con el tiempo, se ha hecho más firme, más profundo; como las raíces de ese roble fuerte que juntos plantamos: nuestra familia, concebida desde el amor. Dimos cuatro frutos, cuatro tesoros invaluables nacidos de ese amor, que hoy —cada uno desde su propio nido— reproducen aquello que intentamos enseñarles con el ejemplo: que el amor se demuestra con hechos, no con palabras; que en la vida de pareja es esencial comprender, tolerar y perdonar.
Hoy, que estás lejos, siento más tu ausencia. Te extraño intensamente: los amaneceres, los desayunos, incluso esas discusiones por tonterías que siempre terminaban en una reconciliación natural, casi sin darnos cuenta, como si nada hubiera pasado. Los extraño… siento un gran vacío, pero, como tú dices, es pasajero y por un buen motivo.
Espero sanar pronto y volver para darnos ese abrazo que no solo une nuestros cuerpos, sino que estrecha nuestros corazones y nos fortalece; ese apapacho que significa abrazar con el espíritu.
A la distancia, te apapacho, te extraño, te amo.
Ale






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