Por: Chelo Urjel
El lugar desde donde se mira
Hay momentos, no muchos, en los que uno se da cuenta de que algo no anda mal…pero tampoco anda en su lugar. No hay gritos. No hay crisis. No hay errores evidentes.
Y, sin embargo, algo no encaja. Las decisiones se repiten. Las discusiones vuelven. Las mismas frases aparecen con distintos protagonistas. Como si el sistema insistiera en decir algo que no estamos queriendo escuchar.
Con el tiempo uno aprende que no todo conflicto es un problema de contenido. Muchas veces es un problema de ubicación. Quién habla. Desde dónde. A quién.
Las jerarquías del amor, descritas por Bert Hellinger, no se presentan como normas ni como reglas morales. Aparecen más bien como una constatación silenciosa: “cuando alguien ocupa un lugar que no le corresponde, el sistema pierde equilibrio.”
No de inmediato. No siempre de forma dramática. Pero lo pierde.
El desorden no siempre se nota
El desorden más peligroso no es el que hace ruido. Es el que se normaliza.
Un hijo que opina con firmeza sobre la vida de sus padres. Que corrige, aconseja, sugiere, alerta. Que cree estar ayudando. Y quizás lo está… pero desde un lugar que no le corresponde. No porque su opinión sea incorrecta, sino porque rompe el orden.
El hijo que se coloca por encima, o al mismo nivel, carga un peso invisible. Empieza a mirar la vida con una seriedad que no le toca. Se adelanta. Se tensa. Pierde ligereza.
Nada explota. Todo “funciona”. Hasta que deja de hacerlo.
Y entonces aparecen el cansancio, la frustración, el enojo que no encuentra un destinatario claro. Como si la energía estuviera mal distribuida. Como si algo se estuviera sosteniendo desde el lugar equivocado.
Hay miradas que ven antes
Todos hemos estado ahí. En una conversación intensa. En una decisión que parece inevitable. En una situación que avanza con fuerza propia.
Y hay padres, madres, hermanos que no saben explicar por qué algo no les cierra. Alguien, casi siempre alguien mayor, o alguien que ocupa un lugar estructural distinto, mira distinto. No discute. No interrumpe. No insiste. Solo mira.
Esa mirada que incomoda porque no participa del entusiasmo ni del dramatismo. Esa que parece fuera de lugar…hasta que el tiempo le da la razón.
Saben que esa relación no va a funcionar. Que esa decisión traerá consecuencias. Que ese camino es más riesgoso de lo que parece. No siempre lo dicen bien. A veces lo dicen mal. A veces callan.
Y muchas veces se equivocan…pero cuando aciertan, el silencio posterior es elocuente. Ahí aparece el famoso “te dije”. No como reproche. Como evidencia.
No porque esa persona sea más inteligente, sino porque no estaba atrapada en la acción. Estaba en otro plano del sistema.
Elegir pareja también es sistémico
Pocas decisiones revelan tanto el orden, o el desorden, como la elección de pareja.
Cuando alguien elige desde la carencia, busca un padre, una madre, un salvador.
Cuando elige desde el desafío, busca pelea.
Cuando elige desde el equilibrio, busca paridad.
Los sistemas familiares lo sienten antes que la persona. Y ahí aparecen las resistencias inexplicables. Las incomodidades sin causa clara. Las miradas que no aprueban, aunque no sepan explicar por qué.
No siempre es prejuicio. A veces es lectura estructural.
El error de confundir jerarquía con poder
En algún punto aprendimos a desconfiar de toda jerarquía. A ver en el orden una amenaza. Una forma de dominación.
Pero el orden sistémico no oprime. Sostiene. No manda. Ubica.
Los que llegaron antes no están “por encima”. Están antes. Y ese simple hecho cambia la perspectiva desde la cual se ve el mundo.
Cuando alguien intenta saltarse ese orden, por amor, por miedo o por ego, el sistema no castiga. Desajusta.
Influir sin empujar
Hay una forma de influencia que no empuja decisiones, no presiona resultados y no invade procesos.
Hay momentos en los que alguien en la familia no dice nada, pero su sola presencia ordena. Es la influencia del lugar bien ocupado.
No necesita discursos largos. No necesita convencer. A veces ni siquiera necesita hablar. Basta estar donde corresponde.
Desde ahí, una palabra pesa. Un silencio orienta. Una presencia ordena. Como decía Hellinger, el orden no se impone: se reconoce.
Hacer entender el orden sin explicarlo
Quizás lo más difícil no es entender el orden, sino transmitirlo.
Porque explicarlo suele generar resistencia. Imponerlo, conflicto. Pero hay algo que casi siempre funciona: el ejemplo silencioso.
Alguien que no toma lo que no le corresponde.
Que no corrige a quien no le toca corregir.
Que no salva a quien debe hacerse cargo.
Ese alguien incomoda. Pero enseña.
Cuando cada uno vuelve a su lugar
No hay epifanías. No hay aplausos. No hay finales de película de cine.
Hay algo más simple, y más raro: alivio.
Las conversaciones se acortan. Los conflictos pierden intensidad. Las decisiones fluyen sin tanta carga emocional.
Y uno entiende, tarde, que muchas batallas no eran necesarias. Que no se trataba de tener razón, sino de estar en el lugar correcto.
El orden no limita, libera
Aceptar las jerarquías del amor no es resignarse. Es soltar pesos ajenos. Es dejar de ocupar espacios que no nos pertenecen.
Es confiar en que el sistema, cuando se ordena, sabe.
Y tal vez ahí esté la enseñanza más incómoda de todas: no todo se transforma actuando, algunas cosas cambian cuando uno deja de ocupar el lugar equivocado.





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