Un niño, un profesor, un libro
y una pluma pueden cambiar el mundo.
La educación es la única solución.

Malala Yousafzai

Tras la publicación de mi artículo anterior, en el que expuse mi postura sobre la prohibición del uso de celulares en el aula como herramienta —según lo establecido en la Resolución 001/2026—, recibí numerosas opiniones a favor, algunas críticas constructivas y también rechazos tajantes. Este intercambio resultó no sólo oportuno, sino necesario: dialogar y recibir retroalimentación permite comprender mejor el espíritu de la norma y, al mismo tiempo, analizar el contexto actual de la educación, tanto en nuestro país como a nivel global.

Resulta evidente que el sistema educativo de nuestro país atraviesa uno de sus momentos más críticos. Esta situación es, en gran medida, consecuencia de una Ley Educativa —aún vigente— que durante los últimos años ha privilegiado lo ideológico por encima de lo pedagógico, lo ancestral por sobre una mirada de futuro y lo dogmático en detrimento de la calidad educativa. Abordar la crisis de la educación en Bolivia exige comprenderla como un escenario complejo, integrado por múltiples actores llamados a sostenerla de manera conjunta. Puede pensarse como una mesa de tres patas: si una de ellas falla, el sistema entero se tambalea.

En primer lugar, el Estado, responsable de sostener económicamente el sistema, regularlo mediante leyes y normas, y —a través del Ministerio de Educación— supervisar, formular, implementar y evaluar las políticas educativas para que escuelas, colegios y universidades cumplan objetivos reales de calidad.

En segundo lugar, los maestros, actores centrales e insustituibles del proceso educativo y pilares del desarrollo nacional, encargados de guiar y formar a las nuevas generaciones.

Finalmente, los estudiantes, pertenecientes hoy a dos generaciones que conviven en el aula: la Generación Z o centennials (nacidos entre 1997 y 2012), caracterizada por su dominio digital y pragmatismo, y la Generación Alfa (nacidos desde 2010–2013 en adelante), nativos digitales por excelencia, que crecen inmersos en pantallas y tecnología avanzada completan este complejo panorama que interpela a todo el sistema educativo.

La Constitución Política del Estado (CPE) consagra a la salud y a la educación como derechos fundamentales y responsabilidades supremas del Estado. Ambos sectores concentran aproximadamente el 55 % del Presupuesto General del Estado (datos 2025) y, sin embargo, los resultados obtenidos distan de ser los esperados. En este artículo me referiré exclusivamente al ámbito educativo.

Se percibe un problema de fondo que incide de manera decisiva en la baja calidad educativa: la deficiente formación de los nuevos docentes. La docencia se ha transformado, en muchos casos, en una vía de acceso seguro al mercado laboral antes que en una verdadera opción vocacional. Para un número significativo de postulantes, la motivación principal no es enseñar, sino obtener una plaza garantizada por el Estado. Esta lógica desvirtúa la esencia de la profesión docente y termina impactando negativamente en la calidad educativa, al priorizar la estabilidad laboral por encima del compromiso, la excelencia pedagógica y la vocación de servicio.

Por otra parte, en las últimas décadas, la formación docente ha estado fuertemente condicionada por un enfoque ideológico que ha priorizado la adhesión a determinados postulados políticos y culturales, con la intención de adaptarlos al modelo sociocomunitario productivo y buscando la descolonización, la revalorización de conocimientos ancestrales y otras narrativas que solo nos alejaban más de la realidad mundial. 

La formación docente actual parece poner más énfasis en el discurso que en la didáctica, y en la repetición de contenidos antes que en la capacidad de enseñar, comprehender (*) y adaptar el conocimiento a contextos diversos y cambiantes. Es doloroso decirlo, pero este enfoque ha derivado en una generación de docentes que, si bien puede estar comprometida con determinados valores identitarios o sociales, presenta serias carencias en aspectos fundamentales: comprensión lectora profunda, dominio del lenguaje oral y escrito, razonamiento lógico, manejo de herramientas tecnológicas, planificación pedagógica, evaluación formativa y pensamiento crítico. Estas debilidades no solo limitan su desempeño en el aula, sino que además se replican en los estudiantes, alimentando un círculo vicioso que perpetúa el bajo nivel académico.

A ello se suma el escaso interés de muchos docentes por la actualización permanente en nuevas herramientas didácticas, metodologías de aprendizaje y los aportes de la neurociencia que les permitan diseñar estrategias pedagógicas más efectivas y adaptar la enseñanza a los distintos estilos de aprendizaje. En un mundo donde el conocimiento evoluciona con rapidez, el docente debería ser un aprendiz constante. Sin embargo, la realidad muestra a maestros con respuestas cerradas, poco estimulados a cuestionar, investigar, capacitarse o innovar. Esta rigidez resulta especialmente preocupante en un contexto global que demanda flexibilidad, creatividad y capacidad de adaptación.

Si los estándares de ingreso a las escuelas de formación de maestros son bajos, el mensaje es claro: no esperemos excelencia sino solo cumplimiento, esta realidad erosiona la valoración que la sociedad pueda tener de la profesión docente, debilitando su rol en la comunidad hasta el extremo que no solo los padres de familia, sino muchos se animen a dar consejos sobre cómo educar.

Analizar la problemática educativa en Bolivia implica, por tanto, reconocer que no habrá una mejora sustancial mientras no se revise de manera profunda el modelo de formación docente. Apostar por una educación de calidad requiere maestros bien preparados, críticos, actualizados y capaces de formar estudiantes para el futuro, no solo para repetir el pasado, requiere de una nueva ley que ofrezca una formación rigurosa, plural y orientada a la excelencia pedagógica. Sin estos cambios estructurales, cualquier reforma educativa corre el riesgo de quedarse en un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad, es decir más de lo mismo.

(*) Comprehender: Tiene un significado mucho más profundo que comprender ya que hace propio un saber respecto a algo, volviéndolo parte de uno, a diferencia del simple entendimiento

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Acerca de este Blog

AleRodríguez, educador y apasionado por la tecnología dedica desde hacen varios años parte de su tiempo a escribir artículos, habiendo publicado los mismos en periódicos locales, El Diario, La Prensa y Página 7 entre algunos.

Actualmente solo lo hace por medios digitales.