“A veces nuestras herramientas hacen lo que les decimos. Otras somos nosotros quienes nos adaptamos a las necesidades de nuestros instrumentos.” 
Nicholas Carr

Nadie imaginó que una máquina llamada Enigma, desarrollada por la empresa alemana Scherbius & Ritter en 1918 y fabricada por Arthur Scherbius con el propósito de cifrar y descifrar mensajes mediante codificación, durante la Segunda Guerra Mundial, y el posterior invento de Alan Turing —su computadora electromecánica para descifrarlos— serían el preámbulo de lo que hoy conocemos como inteligencia artificial.

Enigma fue una máquina de manejo sencillo y con una notable robustez criptográfica que los alemanes implementaron y en la cual depositaron plena confianza, ya que sus 150 billones de combinaciones posibles garantizaban la seguridad de sus comunicaciones. Se convirtió en una herramienta clave que amplificó el poder militar de Alemania en el campo de batalla.

Turing, un genio matemático, junto con un grupo de destacados colegas, desarrolló una computadora llamada Bomba, que, mediante circuitos eléctricos y una gran cantidad de rotores electromecánicos, probaba millones de combinaciones para descifrar los mensajes codificados por Enigma.

Otro ejemplo temprano de experimentos relacionados con la inteligencia artificial fue el trabajo de Joseph Weizenbaum en 1965, quien escribió un programa para analizar el lenguaje escrito, basado fundamentalmente en reglas gramaticales. Su software identificaba palabras dentro de un contexto y, a partir de otras reglas, generaba respuestas similares a las humanas. Esto demuestra que la inteligencia artificial no es un fenómeno reciente, sino el resultado de décadas de investigación y desarrollo.

Si entendemos el cerebro humano como una computadora y el lenguaje como un conjunto de algoritmos que se ejecutan dentro de ella, es fácil deducir que, aplicando ingeniería inversa a la voz humana, se puede construir un código subyacente capaz de ser replicado por software. Eso es precisamente lo que observamos hoy: basta con subir un documento de texto aL CHAT GPT para transformarlo en un discurso, e incluso es posible reproducirlo con nuestra propia voz.

Educar en pleno siglo XXI con estrategias del siglo XIX es como intentar armar un rompecabezas con piezas de otro juego. La digitalización, la inmediatez de las comunicaciones y la abundancia de información disponible en la web nos obligan a repensar las herramientas de enseñanza y las estrategias de aprendizaje utilizando técnicas pedagógicas acordes con los tiempos actuales. Es necesario forjar una alianza entre los contenidos, las metodologías tradicionales y las nuevas tecnologías —incluida, por supuesto, la inteligencia artificial— y actuar como verdaderos malabaristas al momento de enseñar. Insertar grandes volúmenes de información en la mente de los estudiantes parece ser cada vez menos esencial.

La tarea docente, entonces, consiste en dosificar y priorizar lo que es verdaderamente importante recordar, ya que hoy disponemos de más información de la que somos capaces de procesar, y aún menos de utilizar con profundidad reflexiva. Si comparamos el cerebro humano con una computadora —que, en muchos sentidos, lo es— debemos entender la inteligencia como una cuestión de productividad: lograr que ese ordenador cerebral procese la mayor cantidad posible de bits con la mayor eficiencia.

Memorizar información fácilmente accesible en libros o en la red es una carga innecesaria; liberar nuestra mente de ese peso nos permite dedicarla a tareas más humanas y significativas, como imaginar, soñar y crear. Debemos habilitar espacio en nuestro cerebro para almacenar pensamientos más valiosos, más humanos.

Aliémonos con la tecnología. No permitamos que nuestros estudiantes estén siempre dos pasos adelante. Acompañemoslos en el camino del conocimiento con herramientas contemporáneas, visión crítica y creatividad.

Como señala Umberto Eco en su libro De la estupidez a la locura, estamos presenciando la degradación del posmodernismo y acercándonos cada vez más a lo que Zygmunt Bauman denomina la «sociedad líquida«. El posmodernismo representa un período de crisis, especialmente en torno al concepto de comunidad, acentuando un individualismo casi desenfrenado, donde ya nadie es verdaderamente compañero de nadie.

Del mismo modo que la ética intelectual de una tecnología rara vez es considerada por sus propios creadores —quienes suelen estar más enfocados en resolver problemas específicos o desafíos de ingeniería, sin prever las consecuencias o los posibles daños colaterales de su trabajo—, los usuarios de dicha tecnología también suelen permanecer ajenos a su dimensión ética. Ellos, al igual que los programadores, se concentran principalmente en los beneficios prácticos que obtienen al utilizarla.

Por ese motivo los educadores del s.XXI deben concentrar esfuerzos en enseñar el manejo ético de las redes, de la tecnología y de la información para evitar que el poder que nos otorgan estas herramientas tecnológicas sobre el conocimiento, la naturaleza, sobre el tiempo y la distancia no sea utilizada contra el prójimo. 

Tenemos miles de razones para estar agradecidos al hecho de que nuestro hardware mental se adapta fácilmente a un sinnúmero de nuevas experiencias y conocimientos que. -incluso los cerebros de más edad puedan fácilmente adquirir nuevas habilidades y conocimientos-. La capacidad de adaptación de nuestro cerebro no solo permite todo eso, sino mucho más. Gracias a los avances en el estudio de la neuroplasticidad, han surgido nuevos tratamientos médicos que ofrecen una renovada esperanza a quienes padecen lesiones o enfermedades cerebrales.

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Un comentario

  1. Ciertamente debe cambiar el modelo educativo, que es el mismo desde el siglo 18.

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Acerca de este Blog

AleRodríguez, educador y apasionado por la tecnología dedica desde hacen varios años parte de su tiempo a escribir artículos, habiendo publicado los mismos en periódicos locales, El Diario, La Prensa y Página 7 entre algunos.

Actualmente solo lo hace por medios digitales.