«El poder, sin servicio,
no es poder,
sino una forma de opresión»
Papa Francisco
Nuevamente somos testigos de cómo en nuestro país se tejen las tramas de una violencia extrema, protagonizada por individuos ofuscados y manipulados por mandatos de políticos ambiciosos, cuyo único norte son sus propios cálculos electorales. Sin medir consecuencias, saquean, destruyen y matan sin piedad
Históricamente, las sociedades modernas, tras superar etapas de violencia, han avanzado —o al menos eso creemos— mediante la construcción de instituciones sólidas y la adopción de normas de convivencia orientadas, principalmente, a la resolución pacífica de los conflictos.
La educación en valores como el respeto, la tolerancia y la empatía, así como la promoción del diálogo y la condena a toda forma de violencia, han contribuido a forjar una conciencia colectiva de respeto a los derechos humanos. Este espíritu ha quedado plasmado en documentos trascendentales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, el 10 de diciembre de 1948.
Sin embargo, en este mundo globalizado caracterizado por comunicaciones instantáneas, observamos con preocupación cómo grupos inadaptados en sociedades del llamado «primer mundo» saquean y destruyen propiedad pública y privada tras la victoria en un campeonato de fútbol. Vemos también cómo, en Argentina, otro grupo irrumpe violentamente en instalaciones de un canal de televisión tras conocerse la condena por corrupción de una ex presidenta. Y más cerca aún, casi sintiendo el estruendo de las detonaciones y el clamor desesperado de una población que pide paz. Hoy, nuestro país vive nuevamente una preocupante escalada de violencia.
Nuestras carreteras han sido bloqueadas, una vez más, por seguidores de un político corrupto e inmoral que, amparado en una estructura paralela, se oculta tras las sombras de una «republiqueta». Custodiado por hordas enceguecidas por su retórica, ha promovido el cerco a ciudades, la interrupción de servicios básicos y la agudización de una peligrosa convulsión social. Todo ello profundiza aún más la crisis política, económica y social a la que ya nos ha conducido el actual modelo de gobierno.
¿Podemos caer más bajo? Es posible. Y, como tantas veces en nuestra historia, cuando estemos al borde del abismo, probablemente volveremos a reconciliarnos momentáneamente, marcharemos juntos durante un tiempo, lloraremos a nuestros muertos y, entre lamentos, prometeremos que “nunca más” volveremos a ese punto. Hasta la próxima vez.
Pero nuestra falta de coherencia y de sensibilidad social no deja de sorprender. En medio de esta crisis, mientras el país sufre una escalada de violencia en diversos departamentos y ya se contabilizan —al momento de escribir estas líneas— cuatro policías asesinados, hay un sector de la sociedad que permanece imperturbable, ajeno, indiferente, impávido. Una parte que baila, festeja y se entrega al derroche bajo la fachada de una supuesta devoción.
Valdría la pena preguntarle a la Iglesia Católica —que, lamentablemente, en su afán por preservar un “sincretismo religioso” convertido en un confuso cruce de creencias paganas y ritos tradicionales— cuál es su posición frente a esta desconexión. Fui bautizado y soy católico. Me formé con los jesuitas, quienes me enseñaron a ser crítico y contestatario, y es desde esa enseñanza que me permito cuestionar no solo a aquellos sacerdotes que promueven estas actividades, sino también a las autoridades municipales que, con la intención de ganar simpatías, despilfarran el dinero del contribuyente paceño en obras que alimentan la ostentación de la parafernalia que hacen los “devotos” al Señor del Gran Poder.
Jesús expulsó a los mercaderes del templo. ¿Cuántos mercaderes y fariseos necesitaría azotar hoy si regresara a este mundo, en un intento por enseñarnos —con látigo en mano— el verdadero sentido de su mensaje?
Como decía Mario Moreno, el inolvidable Cantinflas, en su película “Su Excelencia”:
“Señor, los hombres no entendimos tu mensaje: Ámense los unos a los otros, dijiste; nosotros entendimos: Ármense los unos contra los otros.”
Una frase irónica pero profundamente lúcida, que resume el lamentable extravío de una humanidad que ha cambiado el amor por el odio, la fraternidad por el conflicto, y la fe por la apariencia.






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