Por: Alejandro M. Rodríguez V.
“Mientras tengamos suficientes personas en este país
dispuestas a luchar por sus derechos,
seremos llamados una democracia”.
Roger Nash Baldwin
En las últimas semanas, la pregunta más común al encontrarnos con alguien ya no es “¿cómo estás?”, sino: “¿por quién vas a votar?”. La respuesta, casi invariable, suele ser: “ni idea” o, como decía un jesuita amigo ya fallecido: NPI (muchos sabrán a qué me refiero).
El panorama político actual en nuestro país es, sin duda, desolador y desconcertante. Vivimos en una sociedad donde, al parecer, la única forma que tienen los políticos de destacar es destruyendo al otro, inventando historias o incluso generando videos —evidentemente creados por inteligencia artificial— en los que hacen decir a sus contrincantes cosas que jamás dijeron. Todo vale en la ya conocida guerra sucia, donde la verdad importa poco y la estrategia es simple: dañar al rival para beneficiarse uno mismo.
Si de políticos sin escrúpulos se trata, llevamos la delantera. Superamos por mucho a cualquier otro país en esta lamentable competencia. Hasta hace unos días, al menos sabíamos por quién no votar. Hoy, en cambio, estamos atrapados en un agujero negro de dudas y absoluta desconfianza. Ninguno de los candidatos es creíble; todos mienten, prometen lo que saben que no podrán cumplir y parecen convencidos de que los bolivianos somos ingenuos. Pero no lo somos. Hemos aprendido que la mentira se ha convertido en parte del juego electoral, un juego sucio del que ya estamos hartos.
En este mar de falsedades y contradicciones, el árbitro electoral —quien debería brindar confianza— también se ve inmerso en la crisis. La reciente renuncia del vocal más respetable, a pocos días del acto electoral más importante del país, envía una señal preocupante. ¿Qué significa esa renuncia? ¿Por qué se oculta con una supuesta solicitud de licencia? ¿Qué se está intentando tapar?
En vez de respuestas, surgen más dudas. La credibilidad del órgano electoral tambalea, y crecen los temores sobre un posible fraude que podría estar gestándose en algún rincón del poder. A esto se suma el silencio inquietante de algunas organizaciones políticas. Sin campañas llamativas, sin discursos encendidos ni concentraciones masivas, uno no puede evitar preguntarse: si cuando el río suena, piedras trae… ¿qué decir cuando ni se mueve? Sabemos que el agua estancada se pudre, y empieza a oler mal. Ese silencio, combinado con los desacuerdos internos en el órgano electoral, huele precisamente así: muy mal.
Quedan pocos días antes de acudir a las urnas y encontrarnos, cada uno, frente a una boleta electoral con la difícil tarea de definir el futuro del país. En este contexto, solo podemos pedir a los candidatos algo esencial: madurez, coherencia, honestidad y, sobre todo, que dejen de mentirnos.
Decir que la crisis, consecuencia de más de veinte años de despilfarro y populismo, se solucionará en cien días —con carajos de por medio— es una burda falacia. Pensar que podemos vivir del Estado “de una manera más sexy” es un exabrupto que solo la única candidata a la vicepresidencia podría intentar justificar, recurriendo a juegos semánticos similares a poner palabras que alguien no dijo en la boca de esa persona, que sí las dijo y atribuyéndole lo que “claramente” intentó decir ella. (Cómo la riqueza de nuestro lenguaje nos permite jugar con las palabras… Con esto solo intento mostrar que siempre quedaremos confundidos con las “aclaraciones” de los bomberos discursivos, aquellos que tratan de explicar lo que su compañero quiso decir). Seguir enumerando las promesas vacías que escuchamos a diario haría este artículo interminable.
Votar en nuestro país debería ser voluntario. Hoy, la mayoría asiste a las urnas solo por obligación, para evitar una multa o para no perder derechos ciudadanos como realizar una transacción bancaria o un trámite oficial. Tal vez, un alto nivel de abstención motivaría a los políticos a mejorar su discurso y sus propuestas. Pero esto, lo sé, no es más que un soliloquio: un pensamiento en voz alta.
Hoy por hoy, no vemos una ciudadanía convencida, al menos no en este momento decisivo, cuando la cuenta regresiva hacia las elecciones de 2025 definirá el rumbo de nuestra golpeada, pero siempre querida, Bolivia. Solo nos queda exigir a quienes buscan gobernarnos: demuestren que pueden ser mejores que quienes se van. No queremos volver a votar, una vez más, por el mal menor.

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