Por: Marcelo Urjel
Dicen que vivimos en una sociedad cada vez más conectada… pero lo que no dicen es que esa conexión está sostenida con hilos de hipocresía, falsas sonrisas y frases hechas como “¡qué lindo verte!” cuando en realidad pensabas: “ojalá no me haya visto”.
Vamos, admitámoslo. ¿Cuántas veces te cruzaste con ese conocido de la vieja época, el de Forum, la Roneria, las fiestas, las historias dignas de olvido, y activaste en automático el protocolo de cortesía social? Sonrisa forzada, abrazo incómodo, pregunta genérica (“¿Cómo es?”), y mientras tanto tu mente gritaba: “¿cómo se llamaba este?”
Y el clásico no puede faltar: “¡Tenemos que vernos!” seguido del “este fin de semana nos juntamos, te llamo fija”. Spoiler: no llama nadie. No hay mensaje, no hay invitación, no hay señal de humo. Y para rematar, te enteras por redes, o por algún otro incauto que sí fue, que ese mismo fin de semana el “te llamo fija” estaba en una parrillada… en su casa. Pero claro, con otros amigos. Porque al parecer, te aprecia… pero con distancia. Es el “te estimo, pero no para tanto” versión social.
Pero a veces hay sorpresas. Conocí hace poco a un par de personas con quienes, después de varias interacciones llenas de acuerdos y desacuerdos, todo dentro de un marco de respeto real, no de sonrisa plástica, uno de ellos me dijo algo que todavía resuena:
“Sabes qué, Chelo, pensé que nos íbamos a llevar re mal, que no íbamos a coincidir en nada… pero mira, a pesar de todo, de algunas diferencias en pensamientos, tratamos de entender al otro, decimos lo que pensamos con respeto y, si estamos equivocados, cedemos.”
Y ahí es cuando te das cuenta: ¡se puede! Se puede discrepar sin destruir, se puede conversar sin careta, se puede tener personalidad sin necesidad de disfrazarla con lo que el otro quiere oír.
Pero claro, esa es la minoría. La mayoría vive atrapada en la dictadura de la aprobación social. ¿Quieres una prueba? Fíjate en una reunión cualquiera. Basta que uno saque una botellita y diga “vamos a tomar algo” para que empiece la ronda de presión: “dale, no seas amargo”, “uno no más”, “no puedes decir que no”. Y ahí estamos, todos empujando para que el otro también tome, porque si uno se sale del molde, parece que arruina la joda. Y lo más irónico es que muchas veces, quien más insiste es ese que hace unas semanas te dijo “te llamo fija este finde”… y te clavó olímpicamente.
Pocos son los que dicen con calma y sin miedo: “gracias, ya tomé suficiente” o “hoy no voy a tomar”. Porque eso, en esta sociedad, es casi un acto de rebeldía. Decir “no” con coherencia es visto como un ataque personal. Como si pensar distinto fuera un pecado.
Ah, y en contextos más personales el infaltable “conta conmigo 100%”, dicho con convicción… justo antes de hacer todo lo contrario. Mirá, ni siquiera te pido que estés de acuerdo conmigo, solo que tengas el coraje mínimo de ser honesto. Si vas a traicionar, de frente querido. Pero no vengas con sonrisita, discurso falso y postura tibia. La hipocresía no se agradece, se nota y se anota (como en cacho, se anota lo que se está en la mesa).Y lo peor es que no se queda en lo personal. Esta comedia de doble discurso escala hasta niveles nacionales. En época de elecciones, la careta se vuelve patrimonio cultural. De frente decimos: “Este candidato es lo peor que le puede pasar al país”. Pero unos meses después, ahí estamos, en la fila, votando por “lo menos malo” porque “la otra opción es aún peor”. ¿No habíamos aprendido la lección? ¿No habíamos dicho nunca más? Pues parece que la memoria colectiva viene con amnesia selectiva y el cinismo en modo automático.
¿Y entonces? ¿Qué tan difícil es anclarse a lo que realmente piensas? ¿Por qué es tan revolucionario decir “no estoy de acuerdo, pero te respeto”? ¿Es miedo? ¿Es costumbre? ¿Es que simplemente preferimos vivir entre apariencias porque ser auténtico ya no cotiza en la bolsa de los likes?
Decimos que valoramos la sinceridad, pero a la hora de la verdad, la sinceridad incomoda, duele, arruina almuerzos familiares y redes de contactos. Así que mejor una sonrisa falsa, una palmada en la espalda y un “estamos en contacto” que nunca se concreta.
Por eso, hoy más que nunca, el dicho “a los amigos con los dedos contados” se queda corto. Habría que ampliarlo: “los amigos con valores claros, con ética a prueba de modas, con capacidad de diferir sin destruir, de respetar sin fingir… esos son casi mitológicos”. Y si tienes uno o dos así, no los sueltes. Brinda con ellos. Hats off (me saco el sombrero), como dicen en inglés.
Porque al final, uno conoce a la gente no solo por lo que hace, sino por lo que pudo haber hecho y eligió no hacer. Por cómo actúa cuando nadie lo ve. Por cómo sostiene lo que cree, incluso cuando no conviene.
Así que hats off a vos, que saludas por educación, pero no te arrastras por aceptación. A vos, que sostienes tus creencias sin aplastar las ajenas. A vos, que prefieres la verdad incómoda a la falsedad elegante. Y sí, hats off también a los que dijeron “nos vemos este finde” y después te clavaron el visto desde su parrillada exclusiva. No por su hipocresía, sino por recordarnos que, en esta sociedad, lo que realmente prevalece… es la norma de la careta y/o la tibieza. Y acuérdense que sus hijos replican lo que tienen en frente suyo, como dice una persona que admiro muchísimo: “hijo de vívora no es picaflor”.






Deja un comentario