«Proyéctese en grande y deje de hablar en diminutivo«
Juan Carlos Lorenzo
Psic. Social, Master Trainer en PNL y Coach Ontológico
En nuestro medio es muy común el uso excesivo de los diminutivos, casi siempre con la intención de suavizar lo que decimos o hacerlo sonar más “bonito”. Basta con escuchar una llamada promocional del operador de telefonía celular para darnos cuenta: la interlocutora nos ofrece “llamaditas” gratis, “numeritos” preferidos y “mensajitos” ilimitados por SMS. Algo similar ocurre en otros contextos: los médicos, por ejemplo, se refieren a nosotros como sus “pacientitos”, los choferes nos piden pagar nuestro “pasajito” y cuando alguien nos dice “pasito por favor” automáticamente nos hacemos a un lado.
El diminutivo tiene, sin duda, varias connotaciones. Puede expresar lo pequeño de algo, transmitir ternura o cercanía —sobre todo hacia los niños—, pero también puede usarse para restarle importancia a un “problemita” o suavizar una situación. Incluso en lo cotidiano recurrimos a él para no parecer demasiado serios: decimos “un momentito, por favor” en lugar de un simple “espere un momento, por favor”.
De allí se desprende que el uso constante de los diminutivos puede tener múltiples interpretaciones y efectos. A veces se suaviza el tono de un mensaje, otras veces se transmite afecto —particularmente cuando se usan en los nombres propios—, pero también pueden reflejar inseguridad, baja autoestima o un deseo de agradar al interlocutor. En muchas culturas, especialmente en las latinas, es importante reconocer que su empleo frecuente se asocia a una forma de cortesía.
Ahora bien, más allá de estos matices que podríamos considerar como “medianamente positivos”, también existen aspectos negativos. El uso desmedido de diminutivos resta fuerza a las ideas que queremos transmitir. Incluso al hablar con los niños, la exageración en este recurso puede distorsionar en ellos su percepción de la realidad. Y cuando se emplea entre adultos, llega a dar la impresión de que se percibe al otro como alguien menos capaz o importante.
Por eso, utilizarlos con pertinencia puede ser útil para generar empatía, suavizar tensiones o añadir un toque de humor; pero su abuso debilita nuestro discurso y, en cierta medida, nuestra actitud. En nuestro medio —y esta es una apreciación muy personal—, el uso excesivo de diminutivos, más que expresar cercanía o un afecto forzado, suele reflejar una forma de baja autoestima colectiva. Entre los bolivianos solemos mostrarnos fuertes, pero en otros contextos dejamos ver nuestras inseguridades y nuestro deseo de ser aceptados. Por eso nos incomoda cuando, en el aeropuerto de otro país, un funcionario de aduanas nos dice simplemente: “Abra su maleta”, mientras que en Bolivia escucharíamos: “Abramos la maletita, por favor”. El diminutivo se convierte en un eufemismo que, de manera inconsciente, delata una falta de seguridad.
Ver nuestros talentos pequeños y expresarlos con un lenguaje hipocorístico, no solo es buscar una manera amena y agradable de hablar, es crear, sin quererlo, una cultura del sentirse pequeños cuando no lo somos. Los bolivianos hemos demostrado todo el talento que tenemos en muchos campos, pero nos falta aún romper ese complejo de sentirnos menos.
El reto, entonces, no es desterrar el diminutivo de nuestro vocabulario, sino aprender a usarlo con conciencia y mesura. Reconocer que nuestro lenguaje no es neutro, sino un reflejo de cómo nos percibimos como sociedad. Si seguimos hablando como si fuéramos pequeños, terminaremos creyéndolo. Pero si empezamos a nombrarnos y a nombrar nuestras realidades con firmeza, quizás demos un paso hacia la construcción de una autoestima colectiva más sólida y una voz que proyecte el verdadero tamaño de nuestro talento.

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