«Lo importante no es lo que te ocurre,
sino cómo reaccionas ante ello».
Epicteto
Despertar por la mañana puede parecer un acto rutinario para algunos, para otros, un verdadero milagro. Todo depende de la visión que uno tenga sobre la vida y el tiempo. Hace poco me puse a pensar en el significado del sueño y no dudé en preguntarle a la inteligencia artificial: ¿qué es el sueño? La respuesta fue amplia y fascinante, abarcando perspectivas científicas, filosóficas, culturales y espirituales. Abordarlas todas requeriría mucho más que este artículo.
En términos biológicos y psicológicos, el sueño es un estado natural y reversible en el que el cuerpo y la mente entran en una fase de descanso activo. Durante este proceso, perdemos momentáneamente la conciencia del entorno, se reduce el movimiento voluntario y el cerebro cambia su actividad para iniciar procesos vitales de reparación y consolidación. En resumen, el sueño cumple funciones esenciales y es mucho más complejo de lo que parece.
La neurociencia nos recuerda que el cerebro no “se apaga” al dormir. Por el contrario, cambia su forma de operar: se reduce la actividad de la corteza prefrontal —relacionada con la lógica y el control— y se activa intensamente la amígdala, vinculada con las emociones. Por eso los sueños muchas veces se sienten tan reales.
Pero hay más. En el terreno de la filosofía y la metafísica, el sueño es visto como una puerta hacia otras dimensiones, un medio de comunicación con lo trascendente. En muchas culturas, los sueños se han considerado canales hacia planos espirituales, lugares donde el alma viaja más allá de nuestra limitada percepción cotidiana. Entonces, dormir ya no es simplemente cerrar los ojos: es adentrarse en un territorio misterioso e inexplorado.
Conozco personas que recuerdan sus sueños con claridad, incluso quienes los anotan en un diario onírico. En mi caso, rara vez los retengo, aunque confieso que más de una vez me he despertado de madrugada con una idea en la cabeza, un artículo, una solución a un problema que venía rondando durante días. Cuando eso ocurre, no lo dudo: me levanto y escribo. Porque ya me pasó que, si espero hasta la mañana, esa idea desaparece.
Entre la conciencia y el subconsciente hay un puente difícil de cruzar. Son procesos mentales tan complejos como la misma mente. No me propongo analizarlos en profundidad, solo quiero compartir un sueño muy vívido que, hasta hoy, permanece intacto en mi memoria. Un sueño que marcó un antes y un después.
Desperté en medio de la noche. Vi con claridad a mi madre frente a mí. Llevaba ese peinado típico de las señoras en los años 80. A su lado, alguien más, pero su rostro era irreconocible. Mi madre me hablaba, aunque no escuchaba sus palabras. Sus manos se movían con esa gracia que la caracterizaba, como si su lenguaje corporal intentara completar ese discurso silencioso. No decía nada… pero decía todo.
Lo conté a amigos y familiares. Entre risas, comenté que mi madre vino a buscarme; me respondieron que solo fue de visita. Hoy pienso que, en realidad, vino a alertarme. A decirme que, incluso desde ese infinito etéreo en el que ahora habita, sigue a mi lado.
Pocos días después, tras un control médico de rutina, recibí un diagnóstico de cáncer. Pudo haber sido detectado antes, pero no lo fue. Y aunque ya no se puede volver atrás, tampoco es momento de avanzar mirando el retrovisor. Es tiempo de enfrentar la vida, de adaptarse a su ritmo, de caminar con firmeza, aunque el terreno sea incierto.
Es un momento para estar sereno, enfocado, fuerte. Son tiempos que ponen a prueba la fe, la amistad, la familia… pero, sobre todo, la resiliencia: esa capacidad tan humana de resistir y renacer, incluso en medio del dolor.
Como artista marcial he aprendido a sentir la energía, a intuir el peligro, a resistir el dolor. A conocer estrategias como el Go no sen (responder tras el ataque del adversario), el Tai no sen (responder casi al mismo tiempo) o el Sen no sen (anticiparse al ataque). Pero ante un enemigo invisible que habita en tu propio cuerpo, esas tácticas no sirven. Lo que sí sirve es el espíritu del guerrero. Esa voluntad inquebrantable de luchar hasta el final. Esa enseñanza esencial: no retirarse del combate.
Hoy, más que nunca, comprendo que la trilogía de nuestra existencia —cuerpo, mente y espíritu— se fortalece cuando se une con la energía de quienes nos rodean. La oración, la fe, el amor de los demás… todo suma. Todo crea un círculo de contención y esperanza. Y en ese círculo me apoyo.
Quizá aquel sueño no fue solo un aviso, sino una invitación. Una forma silenciosa de decirme: “estoy contigo, no estás solo”. Porque a veces, entre el sueño y la vigilia, encontramos señales que no buscamos… pero que necesitamos.






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