«Quizás no podamos preparar el futuro para nuestros hijos,
pero al menos podemos preparar a nuestros hijos para el futuro”.
Franklin D. Roosevelt
Monterrey, Nuevo León 6 de diciembre de 2025
Amados hijos:
Lo primero que deseo decirles es lo inmensamente orgulloso que me siento de ser su padre. Verlos crecer, formarse y convertirse en las personas que hoy son ha sido uno de los mayores privilegios de mi vida. Descubrir, con el paso de los años —que han volado—, que no solo yo, sino también sus amigos y todas las personas que los conocen ven en ustedes a cuatro seres humanos extraordinarios, es algo que me llena el corazón. Es una satisfacción profunda, de esas que vale la pena presumir.
En segundo lugar, quiero agradecerles por cada uno de sus gestos de amor, no solo en los momentos difíciles, sino siempre. Por su preocupación, sus atenciones, esos detalles que iluminan la vida. Hoy lo siento especialmente: en la cercanía de quienes estamos juntos, Miguel, Pablo y Adrián, y también en la presencia constante de Ma. Belén, que aun estando lejos, me acompaña cada día.
Llegar a los 68 años representa para mí un punto en la vida en el que puedo expresar con libertad —y en armonía— todo mi idealismo, mi espíritu aventurero, mi amor por la libertad personal y la satisfacción por lo alcanzado. Y no hablo de lo material, sino de aquello que constituye el verdadero tesoro de una persona: la familia.
Hoy, en mi cumpleaños, recibo —como siempre he dicho— el don de Dios de un año más de vida, y por ello estoy profundamente agradecido. Desde que cada uno de ustedes decidió emprender su propio camino, mi corazón vive dividido entre dos lugares separados por miles de kilómetros, pero unidos por un lazo indestructible de amor. Allá, en el sur, cerca de las montañas, están Carmen, su mamá y María Belén, mis dos mujeres amadas. Aquí, en esta otra tierra de montañas, están mis tres “regios”, que han formado sus propias familias junto a Cecilia, Andrea y Marilia, mujeres maravillosas en cuyos cálidos hogares hoy me reciben con tanto cariño. Quizá no me alcance la vida para agradecer tantas muestras de amor de cada uno de ustedes.
Como saben, fui hijo único, y eso siempre representó una dualidad en mi vida: no sabía si era una bendición o una carencia. Fue bueno porque nunca tuve que “pelearme” por repartir un pastel en partes iguales; pero también fue difícil, porque tuve que buscar en mis amigos esa fraternidad que otros encuentran en sus hermanos de sangre. Y créanme: encontré a los mejores, aquellos que se convirtieron en los hermanos que la vida no me dio.
Desde niño decía que tendría muchos hijos, precisamente para que los míos no sintieran lo que yo sentí. Y Dios, en su generosidad, no solo me concedió cuatro hijos, sino que me dio a las personas con la calidad humana más grande que un padre podría desear: ustedes.
Los veo solidarios, honestos, responsables, sinceros; buenas personas, buenos hijos, buen padre en el caso de Miguel, buenos cónyuges. Eso es lo que los hace grandes. Por eso, junto a su mamá, podemos decir con certeza que ustedes son nuestra bendición.
Y no me canso de recordarles ese pensamiento tan bonito escrito por José Hernández autor de Martín Fierro, un libro clásico que mi madre me hizo leer siendo niño: “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera.”
Gracias por ser exactamente como son.






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