La Paz, 06 de agosto de 2001
Solo en el momento en que sentimos cerca el frío de la muerte, porque murió un amigo, un compañero, un hermano o uno de nuestros padres, solo en ese momento pensamos en la fragilidad de nuestra vida, en ese momento reflexionamos sobre el valor que debemos darle a cada minuto de nuestra existencia, quizá en ese momento comenzamos a valorar a una persona que físicamente no estará nunca más a nuestro lado.
¿Porqué esperar esos momentos? Si debiéramos vivir, disfrutar y valorar cada minuto de nuestra vida como si fuera el último, como dice aquel pensamiento Zen al que deberíamos agregarle, y estudiar, y amar como si fuésemos a vivir una eternidad. Porque es aquí y ahora que debemos construir el Reino de Dios, es aquí y ahora donde debemos darle a nuestra vida un sentido; de amor, de servicio, de entrega.
Somos expertos en justificarnos, en hacer cosas a último momento, somos expertos en arrepentirnos y pedir perdón cuando nos equivocamos. Y es que diariamente estamos más cerca de la muerte de lo que podríamos imaginarnos. Nuestras “equivocaciones” provocan muerte, porque herimos con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con nuestros pensamientos. Y esas heridas causan profundos dolores, dolores en el alma, esos dolores que cuesta aliviar.
En esos momentos, cuando estamos cerca de los vivos y les causamos daño, es que debemos meditar sobre la importancia de querer a las personas por encima de la respuesta, es decir poner en práctica esa misteriosa capacidad que Dios puso en nuestros corazones de saber que somos total y constantemente perdonados por El , encontrar la fórmula de saber olvidar, de creer y confiar en los otros.
Somos tan frágiles que nuestra vida es simplemente un hilo, a veces flojo, a veces tenso, nunca sabremos que tan flojo ni que tan tenso, por eso, cuando llegue el día de nuestra muerte, que no nos encuentre “a medias”, es decir sin haber transcendido como personas íntegras, y que en ese momento, tengamos más amigos que enemigos.






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