Los bolivianos pasamos de soportar interminables filas para conseguir combustible —horas enteras perdidas al volante, tiempo irrecuperable de trabajo, descanso y vida familiar— a enfrentar el retiro de la subvención y el consiguiente incremento del precio.
Como si el golpe no hubiera sido ya suficientemente duro para el ciudadano de a pie, llega después la admisión de la propia estatal petrolera: se estaba comercializando combustible de mala calidad. Es decir, no solo hubo escasez, no solo se pagó más, sino que además se terminó afectando la integridad mecánica de miles de vehículos y el bolsillo de sus propietarios al tener que afrontar costosas reparaciones.
Ese reconocimiento no es menor. Tiene implicaciones técnicas, económicas y también morales. Porque cuando un combustible deficiente ingresa al sistema de combustión de un vehículo, sus efectos no tardan en hacerse visibles. Uno de los más frecuentes es la acumulación excesiva de carbonilla en las cámaras de combustión y, de forma particular, en las válvulas de admisión. El resultado es conocido por cualquier mecánico serio: pérdida de rendimiento, combustión ineficiente, incremento en el consumo de combustible, fallas en la respuesta del motor y, con el tiempo, averías que implican gastos que el usuario jamás debió asumir.
Conviene precisar algo para no caer en simplificaciones. La carbonilla, en cierta medida, es inherente al funcionamiento de cualquier motor de combustión interna. No existe motor absolutamente libre de residuos carbonosos. Parte de esos depósitos se forma de manera natural por el propio proceso de combustión y por el ingreso controlado o residual de aceite a la cámara. Es normal, por tanto, que exista cierta acumulación en la cabeza del pistón, en las cámaras y en las válvulas.
Pero una cosa es lo normal y otra muy distinta lo excesivo. Ahí es donde empieza el problema real. Cuando la acumulación de carbonilla supera los márgenes razonables, deja de ser una consecuencia esperable del uso y pasa a convertirse en un síntoma de deficiencias técnicas concretas. Las causas son conocidas. Un motor mal calibrado, con una mezcla aire-combustible deficiente, filtro de aire sucio o un avance de encendido incorrecto, produce una combustión incompleta. En los vehículos modernos, la ECU corrige buena parte de estos parámetros; en los más antiguos, el problema depende mucho más del ajuste mecánico. También influye el consumo excesivo de aceite, generalmente asociado al desgaste de aros de pistón o de otros componentes internos, lo que incrementa la presencia de residuos en la cámara de combustión. Y, por supuesto, uno de los factores más determinantes es el uso de combustible de mala calidad, que altera la combustión, multiplica los residuos y acelera la formación de depósitos carbonosos.
Por eso no estamos hablando de una simple percepción del usuario ni de una exageración colectiva. Estamos frente a un problema técnico objetivo, con consecuencias materiales directas. Y lo más grave es que esas consecuencias recaen, una vez más, sobre el ciudadano.
Porque aquí el perjuicio ha sido triple. Primero, se obligó a la población a perder tiempo valioso en filas humillantes para abastecerse. Segundo, se la obligó a pagar más por el combustible. Y tercero, se la expuso a utilizar un producto cuya calidad terminó siendo cuestionada incluso por la propia instancia encargada de garantizarla. Difícil imaginar una ecuación más injusta: el usuario paga con su tiempo, con su dinero y con la salud mecánica de su vehículo.
Ahora bien, corresponde también decir que los daños por carbonilla pueden prevenirse o al menos reducirse significativamente:
1) Utilizar combustible de buena calidad es la primera condición para lograr una combustión eficiente y limpia (algo que ahora no tenemos).
2) Verificar que el motor no esté quemando aceite en exceso es la segunda, porque el aceite está diseñado para lubricar, no para participar en la combustión.
3) La tercera pasa por entender qué tipo de uso castiga realmente a un motor.
Voy a detenerme en el punto 3. Existe la idea errónea de que un motor sufre más en carretera, a velocidades relativamente altas. En realidad, desde el punto de vista técnico, el funcionamiento en carretera suele ser mucho más estable y eficiente que la circulación urbana.
El verdadero castigo ocurre en la ciudad: tráfico pesado, paradas constantes, largos periodos en ralentí, aceleraciones breves y repetidas, baja eficiencia térmica. Es ahí donde el motor trabaja en condiciones realmente severas y donde la formación de carbonilla encuentra el escenario perfecto para multiplicarse.
No es casual, entonces, que los efectos más notorios se hayan visto en vehículos de transporte público y en unidades sometidas a trabajo intensivo en ciudad. Son precisamente esos motores los más expuestos a sufrir cuando el combustible no cumple con estándares aceptables.
Lo que corresponde, en consecuencia, no es minimizar el problema ni diluirlo en explicaciones burocráticas. Lo que corresponde es reconocer que hubo una afectación concreta al patrimonio de miles de personas. Porque para muchos ciudadanos el vehículo no es un lujo: es una herramienta de trabajo, una necesidad diaria, un activo que sostiene ingresos familiares. Dañarlo por la mala calidad del combustible no es un detalle técnico menor; es una forma directa de trasladar al usuario el costo de una falla que jamás debió producirse.
Y ahí radica el núcleo de esta discusión. No se trata solo de combustible. Se trata del respeto que merece la ciudadanía. Porque cuando un país obliga a su población a hacer filas interminables, le cobra más por un producto esencial y encima le entrega uno de calidad deficiente, ya no estamos ante una dificultad circunstancial. Estamos ante una cadena de abusos que merece ser nombrada con claridad y sin eufemismos.
Ahh… y las manchas por rebalse de combustible es efecto de dos cosas, uno, sarandear el vehìculo para que ingrese mayor cantidad de gasolina que la establecida por el fabricante, y dos, la tapa del tanque no es eterna y debe renovarse para darle hermeticidad y evitar derrames.





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