Por: TOLGUI
Con este título se publicó, en 1948, dentro de la colección «Presencias» de la editorial Plon, un volumen que reunía diversas reflexiones sobre el mal escritas por autores de lengua francesa, entre ellas la del ingeniero y sacerdote ortodoxo ruso Florovsky. Ese mismo año, la editorial Desclée de Brouwer publicó, dentro de la serie «Estudios Carmelitas», un conjunto de ponencias dedicadas al problema del mal y su hipóstasis satánica.
¿Qué tenían de especial aquellos años, inmediatamente posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, para que un grupo de intelectuales y pensadores cristianos europeos volviera su atención con tanta insistencia hacia un tema tan antiguo, omnipresente y recurrente como el mal?
Los prologuistas de ambas obras explicaban ese interés como consecuencia del ambiente enrarecido —más bien oscurecido o entenebrecido— que dejaron los últimos años de la guerra y el período que la sucedió. Hoy podemos añadir otros factores igualmente determinantes: la Guerra Fría, los procesos anticomunistas, las depuraciones antisoviéticas y los conflictos anticolonialistas, cuyas consecuencias, de una u otra manera, continúan manifestándose hasta nuestros días.
Sería un error, sin embargo, identificar la guerra con el mal o pensar que el mal puede reducirse a una persona, una ideología o un acontecimiento histórico, salvo cuando se habla, desde la fe, de la existencia de presencias malignas. También resulta simplista prolongar esa percepción, casi infantil, según la cual «todo bien procede de Dios y todo mal del demonio». No solo no es así, sino que no puede ser así. Ni todo el mal procede del demonio, ni todo el bien procede directamente de Dios. Ni el bien ni el mal son absolutos ni lineales.
Dios permite el mal, no únicamente como prueba moral para los individuos —como lo muestra el Libro de Job—, sino también como consecuencia de la libertad humana y de la contingencia propia del mundo físico.
Tampoco puede afirmarse que el mal sea el mundo material, como sostuvieron los gnósticos o, en ciertos pasajes, san Agustín de Hipona y algunos de sus comentaristas, ni puede reducirse a la tan repetida idea de una «naturaleza humana» corrompida por el pecado original. Esa visión fue replanteada precisamente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando la humanidad buscó reafirmar la dignidad de la persona mediante la Declaración Universal de los Derechos Humanos, también proclamada en 1948.
El mal se presenta, más bien, como una invariante omnipresente: una realidad que permanece, aunque fluya constantemente y adopte múltiples formas. En otras palabras, el mal no solo está entre nosotros; también puede estar en nosotros. Así ha sucedido siempre y, probablemente, seguirá sucediendo.
Lo que distingue al bien del mal no son necesariamente las intenciones, sino sus consecuencias. De ahí que muchas acciones aparentemente buenas —solidarias, cooperativas o asistencialistas— puedan terminar produciendo males; y, paradójicamente, acciones consideradas malas —la guerra, el hambre, el egoísmo, la crueldad o incluso el exterminio— puedan derivar, en determinadas circunstancias históricas, en bienes inesperados.
¿Es una paradoja? Sin duda.
La ética cristiana no se construye sobre las afecciones, los sentimientos o las emociones, sino sobre la responsabilidad moral frente a las consecuencias del obrar —o de abstenerse de obrar— respecto de los otros, aquellos a quienes solemos llamar, quizá con excesiva ligereza, nuestro «prójimo».
Por ello, no cabe duda acerca de la responsabilidad de cada persona respecto de lo que hace, de lo que permite que otros hagan o, simplemente, de aquello que deja de hacer.
Con estos criterios proponemos la lectura de Las Puertas del Infierno, obra publicada en 2026 y cuya aparición ha motivado las presentes reflexiones.






Deja una respuesta