Por: Miguel Ángel Rodríguez Andrade
Sin saberlo —o tal vez sabiéndolo— una película de comedia exageradamente absurda para su época (2006) retrató un futuro asustadoramente real. Sin quererlo —o tal vez queriéndolo— nos dejó una advertencia sobre el rumbo actual de la sociedad.
La película Idiocracia (significado de idiocracia no esta en un diccionario, es una palabra compuesta de Idio, de idiota + Cracia, de gobierno o poder; entonces: una sociedad gobernada y poblada por idiotas) muestra un declive intelectual en el que la gente inteligente dejó de tener hijos, mientras la gente menos capacitada (por no decir tonta) siguió reproduciéndose sin parar hasta predominar, dejando a los inteligentes en desventaja hasta su desaparición.
En mi vida cotidiana llevo tiempo notando una clara reducción en la riqueza del lenguaje. No hablo de un lenguaje específico o especializado, sino del habla de todos los días.
¿Es esto una falsa impresión mía, o una realidad silenciosa que avanza sin que la mayoría se dé cuenta?
Investigando, encuentro que instituciones educativas, lingüistas y científicos cognitivos coinciden en que existe una preocupante pérdida de calidad en la escritura y una reducción en la riqueza del lenguaje. Este fenómeno no es una simple percepción mía ni generacional: está respaldado por investigaciones que demuestran que las habilidades de redacción, la comprensión lectora y la capacidad de estructurar argumentos lógicos han retrocedido notablemente a nivel global.
Quien también se dio cuenta de esto fue Anthropic, creador de Claude —a mi parecer, la mejor Inteligencia Aparente (noten que no la llamo Inteligencia Artificial, ya que entendí que nombrarla «inteligencia» presupone que la máquina lo es; tema para otro artículo)—. Anthropic notó que para entrenar correctamente a su modelo de lenguaje necesitaría cantidades enormes de texto, y que los libros son especialmente valiosos porque contienen algo que le falta al texto de internet: lenguaje humano de calidad, escrito por humanos, con contexto, estructura y profundidad.
Así, Anthropic inició el Proyecto Panamá, que consistió en comprar bibliotecas completas de libros antiguos y usados —alrededor de dos millones—, cortarles el lomo, desencuadernarlos y escanearlos para recrearlos digitalmente y entrenar así su modelo de lenguaje. Sin duda, tema para otro artículo ya que la destrucción de libros antigüos debería ser un delito.
Son muchos los factores que pueden estar influyendo en este fenómeno, y los estudios coinciden en señalar como causa principal el abandono de la escritura a mano sumado al uso generalizado y temprana edad de las Redes Sociales. Y tiene todo el sentido: la transición acelerada y masiva hacia la tecnología, los teclados y las pantallas táctiles ha relegado al papel y ha creado una desconexión cognitiva, es decir, un estado en el que la mente se aparta del pensamiento lógico que conecta el lenguaje y la escritura cuando esta es asistida por software y simplificada a su máxima expresión para que quepa en un video de 60 segundos.
Walter J. Ong, académico, educador y jesuita, ya lo explicaba en los años ochenta: «las tecnologías no son meras ayudas exteriores, sino también transformaciones interiores de la conciencia, y nunca más que cuando afectan a la palabra». Esta reflexión sintetiza la idea de que las herramientas tecnológicas no solo sirven para ayudarnos y hacer las tareas más rápido, sino que cambian la forma en que pensamos, sentimos y nos comunicamos, reconfigurando nuestra propia mente.
En ese sentido, un gran libro sobre neuroplasticidad, Superficiales, de Nicholas Carr, señala acertadamente que el lenguaje en sí mismo es algo innato a nuestra especie: nuestro cerebro ha evolucionado para hablar y para entender lo que se nos habla.
Así como un niño aprende a hablar sin que se lo enseñen formalmente, es fácil suponer que el lenguaje es un talento intrínseco del ser humano, pero no es así. Tanto la lectura como la escritura son tecnologías creadas y desarrolladas a lo largo de miles de años de historia humana.
Nuestra mente tiene que aprenderlas, y tanto la lectura como la escritura requieren educación y práctica que ayudan a la conformación del cerebro joven en el caso de los niños. Las pruebas de este proceso se ven en estudios neurológicos que revelan que el cerebro de las personas alfabetizadas se diferencia del de las personas analfabetas, principalmente en la forma en que procesan las señales visuales, en cómo razonan y en cómo se forman los recuerdos.
Así como la neuroplasticidad ayuda al cerebro a crear nuevas conexiones para restaurar una habilidad dañada, la forma en que consumimos información en la era digital —en ráfagas cortas, notificaciones y videos de pocos segundos— también está alterando físicamente nuestro cerebro, precisamente a causa de esa misma neuroplasticidad.
Delegar la memoria, la investigación, el juicio y la decisión en terceros tecnológicos está generando cambios en nuestro cerebro; y ahora, con la democratización de la inteligencia aparente, también nos estamos liberando del pensamiento.
La tecnología que creíamos que nos salvaría de todo tal vez nos está quitando rápidamente habilidades que tomaron más de cinco mil años en evolucionar y perfeccionarse, y que ya teníamos resueltas y dominadas.
Volviendo a la película mencionada al inicio: nos advierte de forma acertada que el lenguaje y el pensamiento se construyen mutuamente; si simplificamos uno, simplificamos el otro.
En la película, el lenguaje se ha reducido a una mezcla de jerga y sonidos primitivos porque la población ha perdido la capacidad de procesar ideas elaboradas. Sin un lenguaje rico y estructurado, las personas se vuelven incapaces de argumentar, cuestionar o debatir la información que reciben.
Actualemente las escuelas y universidades, preocupadas por ganar la competencia por ser las más tecnológicas, dejan cada vez más de lado otras tecnologías ancestrales, necesarias e irremplazables, como la escritura y el lenguaje en su forma original: la analógica.
- Carr, N. (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Editorial Taurus.
- Ong, W. J. (1987). Oralidad y escritura: Tecnologías de la palabra. Fondo de Cultura Económica.
- National Literacy Trust. (2026). Children and young people’s reading in 2026. National Literacy Trust.
- Van der Meer, A. L. H., & Van der Weel, F. R. (2024). Handwriting but not typewriting leads to widespread brain connectivity: A high-density EEG study with implications for the classroom. Frontiers in Psychology, 14, 1219945.
- Serwis Naukowy UW. (s. f.). ¿Tiene la generación más joven dificultades con la lógica? Universidad de Varsovia (UW).





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