Por: Chelo Urjel
Nos han repetido que “el cambio empieza por uno”. Es una frase bonita, motivadora y perfectamente adecuada para acompañar la fotografía de un amanecer. También tiene algo de verdad. El problema es que, en Bolivia, el cambio muchas veces empieza por uno… y termina exactamente ahí.
Epicteto sostenía que no controlamos las acciones de los demás, pero sí nuestra propia conducta. Eso significa que debemos hacer lo correcto incluso cuando nadie nos acompaña. Sin embargo, ni el estoicismo promete que unos cuantos ciudadanos responsables puedan transformar, solamente con su ejemplo, una sociedad que durante décadas ha normalizado la trampa, la indiferencia y la pequeña ventaja.
El famoso granito de arena ayuda. Pero no reemplaza la educación, las instituciones ni las consecuencias. Mucho menos cuando, alrededor, hay una playa entera convencida de que la arena no es responsabilidad suya.
Basta salir del país para comprobar que el cambio sí existe. Viví en un país africano donde encontré calles limpias, procedimientos definidos y un evidente respeto por las reglas. Recientemente estuve en un país centroamericano, con aproximadamente un tercio de nuestra población, donde también observé limpieza, actividad comercial y negocios sujetos a regulaciones claras.
No eran sociedades perfectas ni estaban habitadas por seres humanos moralmente superiores. Seguramente también había personas buscando sacar ventaja. La diferencia era más sencilla: las leyes no parecían recomendaciones y existía una posibilidad real de enfrentar consecuencias al incumplirlas.
Aquí queremos orden, pero sin renunciar a nuestra excepción personal.
Nos molesta el conductor que entra en contrarruta, excepto cuando nosotros necesitamos ahorrar cinco minutos. Criticamos al que se mete en una fila, pero celebramos cuando un conocido nos hace pasar primero. Exigimos vehículos seguros, mientras algunas inspecciones se consiguen sin siquiera presentar el automóvil. Queremos carreteras limpias, aunque todavía hay pasajeros que arrojan botellas desde las ventanas como si el paisaje incluyera servicio de limpieza.
Luego nos preguntamos, con sincera preocupación, por qué Bolivia no cambia.
La cultura de la ventajita no comienza necesariamente con millones de dólares ni contratos públicos. Se construye con actos pequeños y perfectamente justificables: botar basura porque “no hay basurero”, estacionarse donde está prohibido porque será “solo un ratito”, pagar para evitar un trámite, utilizar un contacto para adelantarse o ignorar una regla porque nadie la controla.
Cada excepción parece insignificante. El problema aparece cuando millones de excepciones se convierten en nuestra forma habitual de convivencia.
Marco Aurelio entendía que lo que perjudica a la comunidad también termina perjudicando al individuo. Si todos ensuciamos, todos vivimos entre basura. Si todos incumplimos las normas de tránsito, todos corremos peligro. Si todos buscamos engañar al sistema, finalmente nadie puede confiar en él.
Pero nosotros hemos desarrollado una filosofía más conveniente: si los demás hacen trampa, sería ingenuo no hacerla también.
Es una lógica extraordinaria. Si el edificio está incendiándose, en lugar de apagar el fuego buscamos nuestro propio bidón de gasolina para no quedar en desventaja.
Por supuesto, siempre es más fácil culpar a “la gente”. La gente es sucia. La gente maneja mal. La gente no respeta nada. Esa expresión tiene una enorme ventaja: nunca parece incluirnos.
Pero nosotros somos “la gente”.
Somos parte del problema cada vez que justificamos nuestra pequeña infracción porque existen otras más graves; cuando pedimos sanciones para los demás y tolerancia para nosotros; cuando enseñamos a nuestros hijos a ser correctos, pero les mostramos cómo conseguir un favor para evitar una regla; o cuando confundimos viveza con inteligencia y respeto con ingenuidad.
El cambio individual continúa siendo indispensable. No podemos usar la conducta ajena como permiso para abandonar nuestros principios. Pero también debemos dejar de engañarnos: el buen ejemplo aislado no transforma, por sí solo, una cultura.
Una sociedad cambia cuando las familias enseñan límites, la educación forma ciudadanos, las reglas son razonables, las instituciones las aplican a todos y hacer trampa deja de ser más fácil y rentable que hacer lo correcto. El cambio comienza en la conciencia individual, pero solo adquiere dimensión social cuando se convierte en cultura, exigencia e institución.
Hasta entonces seguiremos poniendo nuestro granito de arena, renegando porque los demás no ponen el suyo y observando cómo la siguiente ola se lo lleva.
Con mucha serenidad estoica, por supuesto.






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